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Monday, December 16, 2013

TERRIEN, SI JE T’AI CONVOQUÉ…

Magma en Chile 08 de diciembre de 2013. Teatro Caupolicán.



La reciente conversión de nuestro país en estación obligada de varios conciertos tal vez instigaba a acariciar la sola idea de verlos. ¿Por qué no?  Masada, Fred Frith y Chris Cutler, René Lussier y Jean Derome, Alex Von Slippenbach  eran nombres que nos habían hecho creer, al recalar sus ilustrísimas presencias en los aislados conciertos a los que, gracias al boca en boca, habíamos podido asistir. Entonces, ocurrió lo impensable. Leemos en Facebook que el gestor del encuentro hizo un esfuerzo de meses hasta lograr contactarlos. Al poco tiempo se anunciaba su visita a Chile: Así es, la primera gira latinoamericana de Magma consistiría en dos conciertos, nada menos, uno en Valparaíso y otro en Santiago.

Era obvio, pocos lo creíamos posible. La posibilidad de un hoax era más que evidente. Buenos Aires o Río parecen ser los destinos de toda banda que se respete. De hecho las únicas giras que King Crimson había hecho por nuestro continente se limitaron a Brasil y Argentina. Christian Vander entonces decidió encaminar a sus dirigidos hacia esta larga y estrecha faja de tierra, supongo que para gran intriga de sus fans de estos dos países. Bueno, que alguna vez les toque a ellos…

Y entonces ocurrió. Acunada en mis manos como una cría recién nacida, atesoraba la entrada. Veía pasar los meses de mi pálida vida de docente, esperando la hora señalada. De un modo mágico debo consignar, sin embargo, que unas semanas antes del concierto, un incendio casi destruye el Teatro Municipal, verdadera desgracia para nuestra historia y cultura, donde se rendiría una versión de Le Sacre Du Printemps de Stravinsky a cargo de la Orquesta Sinfónica de Chile. El evento se trasladó, sin embargo, al Teatro Caupolicán, el martes 03, instancia a la que fui invitado.  Esta obra monumental, telúrica, dionisíacamente despiadada me hizo pensar en que me encontraba en ese viejo teatro, al padre y una semana después, en el mismo lugar, lo haría con el hijo…

Un amigo a través de su blog en francés deslizaba por anticipado el set list, y el dramatis personae que nos deslumbraría; no sólo figuraban nuevas piezas en el repertorio de Magma, probadas por las largas giras francesas que suele emprender el grupo, como Felicité Thösz, editada el año pasado o Axiüm, que los fans conocimos primero como Ballet Slave y luego Slag Tanz. Los últimos conciertos incluían, además particulares nuevas versiones de Attahk, como Maahnt, ofrecida como encore… Me parecía muy bien, lo que tocara el Zëbehn Strainn de Gustaah me volvería loco al primer acorde que atacaran… pero, ¿MDK? Tal era el spoiler sugerido perversamente por nuestros cómplices, con quienes secreteábamos el acontecimiento más importante del año. Pocos acudimos a la cita fundamental, es cierto. Pero al final quienes estábamos agradecidos apenas se asomó la Zeuhl Wortz en pleno, éramos realmente nosotros, no la audiencia, viejo, los fieles… Los profanos se han burlado de Vander y de nosotros por décadas, no importa, cada vez que el maestro francés aparece tras los parches, todos esos chuscos se van literalmente a donde pertenecen.
 

 Ahí estábamos, jubilosos, al borde del llanto y la locura, poseídos por la energía implacable de un Christian Vander con una vitalidad y técnicas intactas, su batería rugió, murmuró, estalló y repicó sólo como el maestro logra que lo haga, por cierto que ello no es todo sin una Stella seria, imperturbable, su voz y presencia literalmente sugerían el hechizo; vimos nuevamente a la bella Isabelle Feuillebois, a Phillipe Busonnette (sonó con un poco menos de contundencia su bajo, eso sí) y un cada vez más inspirado James Mc Gaw, todos ellos ya partes integrales de este renacido Magma, que contaba además con el vibrafonista Benoit Alzary y con el tecladista Jeremie Ternoy, quien brindó un muy jazzístico solo en su Fender Rhodes. Mención aparte al extraordinario trabajo vocal de  Herve Aknin, quien nos hizo olvidar la ausencia de Klaus Blasquiz, olvidado héroe del conjunto, clave del sonido y el concepto del Magma clásico, al que por cierto habríamos querido ver aquí.

No voy a escribir la basura de que esta es una banda “afiatada”, así, con tono cutre de periodista de rock, porque Magma es una de esas agrupaciones, como la Sun Ra Arkestra, como el cuarteto clásico de John Coltrane, como la orquesta de Duke Ellington, como This Heat o el mejor Can, que trascienden por lejos ese significado, una comunidad de músicos orientados a ofrecer la música como un don espiritual, músicos con convicción, artistas a los que sí les crees.

Se inició la ceremonia con una rendición casi íntegra de Felicité Thösz (faltó el final), nítida, precisa, el solo de  Ternoy no se ajustó a la versión más bien docta del original del anterior pianista Bruno Ruder, no tenía por qué hacerlo, en realidad. Aknin y Stella brillaron en una obra  eminentemente vocal que recuerda el espíritu de Würdah Itäh (reminscencia que no he leído en ninguna parte, que yo sepa), un muy particular cruce de influencias de músicas del mundo (Japón, el góspel, una vez más Orff y Wagner) tamizadas bajo la égida de la Zeuhl. Entonces, en el magnífico clímax de esta regocijada pieza, Vander nos regaló un espléndido chorus vocal que nos revela que su inconfundible registro se mantiene en las cumbres de los más grandes intérpretes de la música del siglo. No será la última vez en el concierto.

Axiüm estaba siendo anunciado, en correcto español, como parte del nuevo disco de Magma por un distendido Aknin, cuando Vander lo interrumpe graciosamente iniciando esta contrastante pieza, un áspero motivo que se reitera, trayéndonos esa otra veta de Magma, más oscura y dionisíaca, su obsesiva repetición caló hondo, transportó. La ovación subsecuente fue nuestra mínima dádiva.  Fue así como, sin pausa alguna, el vocalista anuncia “una pieza familiar para todos” que “reconoceríamos inmediatamente apenas oyéramos las primeras notas”. Y, sí, los peregrinos que recibimos al Maestro, (no al revés, señores místicos tan devaluados hoy) no podíamos creerlo: Era cierto, Magma nos regalaba lo que esperamos por años de años, casi veinte en mi caso, el sempiterno clásico Mekänik Destrüktiw Kommändoh, bailamos, reímos, lloramos, como dije, con desconocidos acólitos nos abrazamos emocionados. Tienes que vivirlo lector, si lo sagrado existe, se vive en esos trepidantes cuarenta minutos de una suite que hermana a Orff, Wagner y Stravinsky con el góspel el rock y el jazz de Coltrane. En medio del éxtasis, cuando viene la sección instrumental (Mekänik Zäin), Paganotti, Lockwood, Mc Gaw nos dieron su chorus inspirado alguna vez, hoy el mismo Vander tomaba el micrófono y nos volvía a regalar, por segunda vez  algunos momentos de su diálogo con lo trascendente. Nos movemos, nos conmovemos, soñamos, el cosmos se abre ante nuestros oídos, lo que Vander transmite es esa fe que las religiones, los cultos monopolizados insisten en comerciar en pobre envase en mezquina conserva, evoco esto una semana después casi, la experiencia sobrecogedora vuelve a remecer mi espíritu, aquí hay uno que persiste con tenacidad heroica en comunicar la verdad, el evangelio de un arte renovador, restaurador, salvífico. No es entretención espúrea, placebo de drogas duras, hedonismo barato o comedia posmoderna sin nada, literalmente, bajo el vestido: Es sentido, es felicidad, es vida.

La sección final, tribal del tema, tras un clímax tremendo que nos pegó al noble techo del viejo teatro sirvió para presentar a unos atronadora y merecidamente aplaudidos músicos. Tras una corta despedida. El encoré, presentado por Stella fue una versión de Kobaiä preparada de manera especial, como señaló ella explícitamente, para el público chileno. Este tema, más cercano a la versión del primer álbum que a la del álbum Hhäi, fue bailado y coreado por toda la audiencia ya al borde del paroxismo, todos de pie, pegados ahora al escenario. El grupo se largó en una improvisación que recordó al jazz rock de Soft Machine, al que Magma rinde explícito homenaje en sus dos primeros discos, con un  Vander simplemente sublime a la batería, secundado por la sección instrumental del grupo. Notable el interjuego del vibráfono y el Rhodes; al final, Bisonette brilló como todo bajista zeuhl que se respete debe hacerlo, mientras que Mc Gaw nos hizo pensar como hubiera sonado John McLaughlin en Magma, aunque más bien a mí me recordó a Brian Godding...


El grupo de una manera sencilla y humilde se despidió. Las luces se prendieron. Nos fuimos felices.  La música de las esferas siguió y sigue cantando en nuestros oídos. Una vez más y como nunca, Maestro Vander, a usted, Merci Beaucoup, nada más.

PD: En Youtube hay varias capturas del concierto, fotos y homenajes del público chileno, búsquenlos...

Thursday, February 07, 2013

NAÏVETÉ



Uno: Rechazo

Occidente, la tierra donde cae el sol, el instante donde se sumerge su ígnea esfera bajo aguas neblinosas. Occidente como oposición a oriente. La tan manida razón contra intuición. Erección y exaltación del ego versus disolución y vacío del mismo. A veces a mí me cansa occidente, que es la mitad del globo que acabó hegemonizándonos a nosotros los sudamericanos, siendo que tantas cosas unían a los precolombinos con el pensamiento oriental, pirámides incluidas…

Este occidente que continúa posando de un desacreditado suprarracionalismo (explicar, explicar, explicar, tres tijeras dice Claudio Bertoni) que se siente detentor de verdades que debe estar enmendando, corrigiendo cada tanto, padece hoy en día un nuevo síndrome o mueca snob, tontorrón como sonsonete de socialité: La enfermedad del desdén fácil, de la ironía gratuita (me incluyo) hacia todo lo que no entiende. Basta ver la horda de trolleros y chantas que pululan por internet, plaga social de lo que lleva este siglo, peor que la fiebre porcina o la meningitis, enfermedad de la que alguna vez también tuve el horror de ser huésped. Como el obtuso Bernard de aquella novela de Ian McEwan, Los perros negros, el occidental dice amar las ideas, pero desprecia a los individuos en nombre de las cuales lucha.

Llevamos un lustro y algo de un siglo nuevo que nos prometía cambios necesarios que hoy son reemplazados por esa mueca despectiva y paternalista estilo “really?”. Y así, este estudiado y vacío desdén posmoderno denigra cualquier resabio de auténtica expresividad, auténtica búsqueda, auténtico asombro.  Máscara burguesa que apenas disimula el vacío de sus vidas mínimas. Potencialmente todos caen, del académico (supuestamente) laureado, hasta el cretino de la esquina, ese que no le ganó a nadie y suelta o la bravata o al pitbull contra quien se aproxime a su camioneta de narco…

Dos: Regresos

Como mi niño interior se resiste a salir de su confortable escondite, sigo valorando aquella aproximación desnuda, límpida como la página en blanco que llevaron tan lejos, a tantos creadores de verdad. Esa inocencia mágica de tardes de verano, risas, lagunas y pies llenos de barro. Esa luminiscencia de las primeras estrellas, el color de los pájaros o el misterio evanescente de las primeras puertas traspuestas, lejos de los padres. Entonces exclamo esa palabra francesa, bella como una adolescente provenzal en un campo de espigas barrido por el Mistral, “naïveté”, a traducir apresuradamente como ingenuidad. Los franceses que tanto saben de esto, no la usan para censurar, sino para explorar o señalar.

Pienso en un Aduanero Rousseau o a una Seraphine, grandes talentos que hoy nadie cuestiona y que en su momento la crítica llamó pintores ingenuos, amateurs en apariencia, alejados de escuelas y partidos estéticos, pero dotados ciertamente de genio. Algunas pinturas simbolistas también podrían ingresar bajo este luminoso alero. En la música, dicho concepto podría aplicarse a Anton Bruckner, el buen aldeano del que todos se burlaban y cuyas majestuosas sinfonías rivalizan con Wagner en emoción y profundidad, conmoviendo a las masas todavía hoy.

Una exploración sincera, libre, completamente abierta al inconsciente, sin preconceptos de ninguna especie, un umbral real que, se sabe, los niños tienen y viene luego la educación y la pone en su lugar clausurándola por insalubre socialmente, esa naïveté, es lo que quiero y necesito, bajo la arboleda de claustro en la cual camino hoy mientras divago, secretamente, entre el follaje que se confunde entre tantos verdes, malva y dejos de dorado…

Tres: Los organilleros



 
Feliz navidad a ustedes, capìtanes
Algunos sacan sus viejos juguetes del óxido de las maletas del ayer, los acarician y los guardan atajando lágrimas de lejanía. Yo vuelvo a mis discos, y pienso en ellos, pintando un paisaje detenido en el tiempo, con trazos de niño alucinado. Son esos instantes secretos cuando Lars Hollmer exhala gemas pintadas con crayones como Lylla-Bye, con su acordeón hiperbóreo o la inesperada cadencia jazzística en bambalinas que surge del garbo circense de Frutbestamningen, quedan cortas estas líneas para exaltar estas y otras miniaturas inauditamente bellas e ingenuas del genio sueco, que tan maravillosamente estólido te dejan, como Franklit, Soonsong, Paztema, etc. etc. Fama es que a Lars Hollmer le gustaba grabar en su estudio casero no sólo con los visionarios más grandes de la música de nuestra época, sino también con sus hijos y nietos que no cesaban de transmitirle ese asombro, gratuidad y desparpajo propio de los niños. ¿No parece su clásico Quickstep un carnaval en stop motion de desquiciados juguetes de madera? Y también pienso en la discreta reunión que se llamó Julverne y nos dio esas hermosas piezas de cámara que une lo popular con Messiaen en Coulonneux, o en Pascal Comelade mapeando un pueblo de su infancia en la irónica, satiniana solitaria y dulce Topographie Anecdotique, o en el Tom Zé más romántico que nos emociona hasta las lágrimas con Passageiro y O Riso e a Faca



 
Jazz circense, por el gran clown  Lars Hollmer

Y claro que Robert Wyatt, que no sólo hizo Rock Bottom, hizo Ruth is Stranger Than Richard y otras obras maestras como Dondestan, Shleep, Cuckooland o Comicopera. Podría hablar de Wyatt por horas, su  temblorosa, tímida e infinita voz cuya ternura nos traspasa como un cuchillo, vuelvo a escuchar Muddy Mouth, (que está en Ruth)…  el piano de Fred Frith y esa voz que es como un gemido dulce, como una cascada otoñal que divide un bosque en el cual nos perdimos hace ya tanto, cascada que un pez iridiscente recorre jubiloso como el violín gozoso que cierra Maryan, en el pregonero aúlico de Duchess o Sunday in Madrid, el relator dulce del drama de (¿ven?) A forest, el paseante frente al oleaje nublado de la deliciosa cadencia de Worship. Wyatt, el soñador que sólo quiere mirar en su ventana las bandadas de pájaros emigrantes sobre los que quiere volar.  Escuchen esas joyas, Alien, Cuckoo Madame, Just a Bit… ¡Escúchenlo todo! Bendito Robert, cuya sabiduría, humildad y dulces melodías siguen alumbrando el páramo donde continuamos vagando.  

El Reino Eterno que yace en el corazón humano sólo puede ser hallado por los niños, ¿alguna vez occidente volverá a jugar?

Muddy  Mouth, vaya, llore, llore...


Sunday, November 20, 2011

LETRA: ALEX ROSS Y ANDREW JONES, MÚSICA:…





Pesquisando arduamente la existencia de lectura (efectivamente) interesante sobre música, que no sea grosera apología de compinche de parranda, enciclopedismo aburrido o reseñas soporíferas de solterona que va a conciertos, descubro la existencia de un divertidísimo libro del crítico musical del New Yorker Alex Ross. Es raro, desde Barthes o el Bloom menos pedante, toparse con algún libro de este tipo que lo sea; la crítica es tarea de personas serias que comen en restaurantes caros y fuman tabaco holandés desde un balcón art noveau, arrojándole cenizas a todo el mundo, menos a los amigotes artistas que, precisamente, los invitan a comer a esos restaurantes caros. The Rest is Noise, que así se llama el voluminoso opus de Ross (traducido al español un poco tontorronamente como El ruido eterno(?)) es generoso en pormenores, exultante, imparcial, equivocado, como usted quiera, pero sobre todo, divertido. ¿El tema? Una nueva historia de la música contemporánea. Como advierte Colin Greenwood, el bajista de Radiohead, (uno de los tantos nombres de famosos que atiborran la tapa y la falsa carátula del libro, en lo que, literalmente es un tirar y tirar de flores un poquito excesivo), es negocio difícil, y Ross mágicamente lo vuelve un apasionante seguimiento de las figuras más relevantes de la música llamada contemporánea.

El amanecer del iconoclasta

En lo que parece un tren vertiginoso y más que amenísimo, de citas, anécdotas y comentarios de gente notable que-estuvo-allí el día de los estrenos claves de nuestro siglo desde Richard Strauss y el hoy por hoy merecidamente exaltado Mahler, hasta lo que él considera su actual encarnación, el compositor de Harmonielehre John Adams, Ross propone discutir, problematizar esta periodización desde el notable punto de vista del contexto propio del siglo XX, siendo la música de este período el reflejo de lo que el autor denomina acertadamente la lucha entre diversas políticas del estilo. Pasando revista por las buenas -y por las malas- a todos nuestros ídolos de ayer y hoy, sean Mahler, Schoenberg, Webern, Varese, Ligeti, etc. Ross intenta aclarar el papel efectivo que ellos y muchos otros tuvieron en estas políticas, como pocos, el autor abre ojos, se entusiasma, rechaza, propone y dispone. En eso consiste su riqueza y también sus carencias, como ya veremos.





Claro que esta intención autoral no es nueva. Baste acordarse de Antoine Golea y su venerada (por mí, al menos) Introducción a la música de nuestro tiempo, en la que el francés con ese tono tan Nouvelle Revue Francaise se presume de haber casi descubierto a un Messiaen, un Stockhausen, un Pierre Boulez, o un Iannis Xenakis. En una serie de capítulos notables rescata a Webern, exalta a un Millhaud, a un Varese y ataca valiente y quijotescamente a John Cage con un encanto satírico de notable y artera escritura. No sorprenden su predilección por Schoenberg o su repudio contra el neoclasicismo de Stravinski, (Juan Carlos Paz hará lo mismo con argumentos más técnicos aunque no menos eficaces retóricamente) Bellamente Golea describe, como él señala, paso a paso, veinte años de música contemporánea, en su burbujear de tendencias y anarquía de estilos. El autor toma específico partido y dispara sin temor. Está ese subgénero tan interesante de relatar, con gesto de partisano, que él también estuvo ahí en la escandalosa World Premiére (jeje, Frank Zappa ha dicho que casi siempre en la música contemporánea "World Premiére" equivale a "Last Perfomance") Están el dodecafonismo, el serialismo y sus rivales neotonales y sus correspondientes campeones, como en Ross, pero groseramente se advierte el ninguneo inexplicable a Ligeti y Penderecki. También el silencio de un crítico es elocuente.


Héroes y villanos




Vuelvo a Ross y su retórica de neoyorkino: todo lo sabe, todo lo ha escuchado, y su escritura rinde tributo a ese acento dead pan tan propio de la Roma del mundo (pos)moderno. Las abultadas páginas de The Rest is Noise son como dije generosas y divertidas. Como pocos, Ross retrata la grandeza y ocaso de las extraordinarias personalidades de un Strauss, un Schostakovich bajo la opresión de regímenes tan estéticos y brutales como el nazismo y el comunismo. Vemos a un Hitler melómano y erudito, a Stalin manipulando un gramófono para los amigos (pedófilos como él, supongo), a un Varése desempleado, actor de películas de terror, a un Webern disfrazado de militar con un casco gigante y piropeado por Poulenc (en serio), a Messiaen zampándose una torta con su esposa, vemos a Steve Reich manejando un taxi y a Schoenberg gritándole a una compatriota alemana en una frutería de Los Angeles que él no es Adrian Leverkühn, él héroe trágico del Doktor Faustus ni mucho menos. Y en fin, un genial etc. A estas viñetas divertidas, Ross contrapone bellos y dramáticos retratos de los últimos momentos en vida de Bartok, Debussy o el subvalorado Sibelius, penetra, como pocos, en la intimidad de un Mahler, un Ives, un Duke Ellington, analiza certera y esclarecedoramente numerosas obras cumbres de los autores citados y, como dije, busca proyectar una luz, no sólo de la llamada música culta, sino sus adláteres populares, en especial el jazz y el rock. Pero Ross, a diferencia de Golea, es estadounidense, y aquí las diferencias empiezan a ser mayores que las simpatías.

Finalizando la mitad del libro, y cuando ha notado que nos hemos divertido bastante y aprendiendo todavía más, Ross extrae ese peculiar acento puritano que todo gringo lleva dentro. Insistiendo en manidos blanco y negro, cae en el cliché de denostar la retórica bélica de las vanguardias, desde principios del siglo XX hasta Darmstadt, fustiga, y malentiende, gestos supuestamente pronazis en un Webern o un Dallapicolla (lea The path of New Music del primero y las cartas del segundo, jefe, y despeje sus dudas), ningunea al serialismo y banaliza todo lo que huela a europeo a partir de los ’50 en la retórica más sospechosa de la posguerra en la que sigue viviendo su cabeza; desaprovechando páginas valiosas en un revanchismo que huele a un Michael Nyman o a propagandistas peores como Kyle Gann, cree ver en el minimalismo estadounidense la salvación de una tonalidad que nunca cree ver en crisis (pese a evidencias del porte de una catedral), en verdad la extraña, y le aduce buenas intenciones que no están en ninguna parte, porque también el discurso de un Lamonte Young, un Reich o un Morton Feldman es asimismo política -excluyente- de estilos. No es política contra la burguesía como en Eisler, Nono, o Lachenmann, pero tampoco es diletantismo, también busca seguidores y tiene víctimas muy claras de sus ataques. Cuando Ross señala que, pese a los “avances” de un Haas o, precisamente, un Lachenmann, Alemania sigue pareciendo “la escena de un crimen en investigación”(SIC) uno se pregunta, (a la chilena), viendo la “amigable” política externa del garrote de EEUU, ¿y usted? La actitud política y cultural de EEUU de la posguerra no es el campo fértil que Ross nos sugiere, los gringos no salvan ningún mundo desde 1945. Me falta esa censura del neoyorkino hacia los suyos, con el mismo rigor que a los alemanes o los rusos, como sé que lo haría un Noam Chomsky, por ejemplo. Insisto, disfruto el libro y éste se relee jubilosamente, pero cuando el autor exhibe sus tesis de trasnochada ética tipo plan Marshall, uno no puede dejar de sentirse algo decepcionado y prefiere, en cambio, lo mejor de Ross: La invitación a profundizar, a reescuchar, a releer. Yo mismo, apenas cerré la tapa, (sí, con tristeza, lo confieso) corrí a comprarme Doktor Faustus, la novela de la vida de un compositor del siglo XX que Ross recomienza y que todo músico debiera leer. De más esta decir que todos los músicos sí leyeron esta obra maestra de Thomas Mann, en la cual se alude en clave a Schoenberg. Vaya y consígala, buen hombre, que es literatura de verdad, después sigue aburriéndose con el novelista de turno de los charts.



Posdata: En donde aparece un héroe inesperado

Olvido decir que antes de terminar su libro, Alex Ross hace un examen, un poco apresurado, de las últimas tendencias del siglo XX y comienzos del XXI, reconoce el imperio del eclecticismo, el multiculturalismo y celebra, como corresponde, el aumento de escenas y públicos, atomizado, al margen de las majors, pero aumento, al fin y al cabo; sin embargo, deja una cantidad de nombres a un lado que desconcierta. ¿No tuvo tiempo él o sus editores le exigieron cerrar la edición ya? ¿Por qué no profundiza el aporte a la tradición estadounidense maverick, poliestilística iniciada por Ives en un Frank Zappa, en un John Zorn o un Elliot Sharp? ¿Dónde está el aporte sustancial del rock de vanguardia inglés de Soft Machine, que unió antes que Miles Davis, el pop, el jazz y la música contemporánea? ¿Dónde está su vasta y fértil descendencia, el Rock de cámara europeo, que a su vez generó compositores de renombre actual como Christian Vander, Heiner Goebbels, Lutz Glandien, Iancu Dumitrescu, los compositores del sello Tzadik, Recommended Records y Winter&Winter?, ¿para qué citar otra vez a Robert Wyatt o el Rock In Opposition? Ross sólo ve aportes hasta The Velvet Underground o Brian Eno (quizás Radiohead o Björk) e ignora en su fabuloso catálogo al resto. Pero cuando concluye citando a Missy Elliot y Timbaland (!), el lector queda más que perplejo. Really? Pero no se preocupe, Mr. Ross, yo soy su fan y de buen grado le recomiendo el brillante libro de Andrew Jones, Musique Actuelle: Plunderphonia, Pataphysics & Pop Mechanics, de 1999, donde el autor canadiense hace todo el trabajo que usted esta vez no hizo: Presentar, mediante excelentes entrevistas y comentarios de gran factura escritural, una escena nueva, viva, brillante y mucho más creativa que sus minimalistas y neotonalistas preferidos que nunca, nunca serán como Der Mahler, pero que más de alguno de ellos va destinado a ser. Una escena ecléctica, desprejuiciada, virtuosa y crítica. Una escena que aún tiene mucho que decir. Léala, e inclúyala en su nueva y aún más exitosa edición. Se va a acordar de mí. Palabra.



Bibliografía apostillada:

Alex Ross: The Rest is Noise. (2009)London, Harper Perennial: El autor tiene un blog (http://www.therestisnoise.com/) donde complementa datos de libro, con memorabilia notable como fotos (vean la de Shoenberg, cellista, tipo rock star euro) y fragmentos de audio de las obras que cita. Mejor pedagogía imposible. Ah, incluye entradas donde matiza algunas opiniones del libro, como el supuesto racismo de Edgar Varese, cuando narra que nada menos que Charlie Parker le solicita estudiar con él, el autor de Arcana accede, pero nunca se encontrarán.

Andrew Jones: Plunderphonia, Pataphysics &Pop Mechanics (1999) Saf Publishing. Completas entrevistas precedidas por brillantes introducciones: Desde Zorn a Tom Ze, de Amy Denio a The Residents. Absolutamente recomendable. Documento de estudio obligado para estudiosos del futuro, sin ir más lejos.

Antoine Golea: Introducción a la música de nuestro tiempo. (1967) México, Era. Se deja leer con soltura y mucha hilaridad. En verdad anticipa juicios que otros autores validarán posteriormente. Incluye una discografía recomendada, pésimamente traducida por un pajarón de Era. (¿Cómo traduce Deserts de Varese como “Postres”?, exijo una explicación)

Thomas Mann: Doktor Faustus. (1991) Barcelona, Edhasa. La conmovedora novela sobre un compositor que pacta con el diablo y genera una obra preturbadora, alusión en clave no sólo a Schoenberg, sino a Teodor W. Adorno, coescritor de los análisis musicales de la novela y más aún a todo el pensamiento filosófico y estético alemán antes de la Segunda Guerra. Narración extraordinaria y gestora de mil relecturas. Una de las novelas claves del siglo XX. Amerita una entrada propia del blog. En preparación.

Saturday, October 22, 2011

Mientras tanto, en el salón de la justicia...



No soy un tipo que vibre particularmente con los monopolios, no alabo a los que ganan porque ganan o tienen la sartén por el único lado por donde no pueden quemarse. Pacientemente el mundo y yo hemos ido labrando una prudente distancia. Con una diferencia, que, por ahora, me absuelve de ocuparme de él: Yo sé lo que pasa con él; él no tiene idea qué pasa conmigo. Gotcha…

Las gentes parecen despertar de letargo que les insuflaron los mercachifles, hablan cada vez más fuerte. Las redes (virtualmente) sociales colapsan de gritos y consignas de todo tipo. En el salón del mal, los líderes bancarios y sus sicarios de las bolsas de valores se miran intrigados. Ya el oráculo del dow jones no es tan efectivo ¿Hora de pagarle al Tentador?

Me gusta la metáfora comiquera, la mezcolanza popular divertida con el discurso que quiere decir algo puede ser algo más que una figura retórica y para probarlo reproduzco una vez más en el dulce rigor de mi soledad los discos de Rock In Opposition que lo demuestran. En el salón de la justicia, esto es, en el único espacio inquieto tolerable que es la música, tengo algo más que una vernissage para apurar unos tragos. Tengo libertad que fluye de los auriculares a borbotones. Tengo varias bandas y amigos verdaderos a mis alrededor, en, fin, carry on…

Estos días me han traído el viento fresco de la bella y divertida música que nos legó ese sublime clown: Lars Hollmer. Como solista, como líder de la Looping Home Orchestra o, como es mejor conocido, con las variadas versiones de Samla Mammas Manna, también como sideman de Fred Frith en el seminal Gravity, y tantos otros. Sammla Mammas Manna es una banda sueca que toma su extraordinario nombre de la sana costumbre de los cronopios de escuchar a los niños inventando nombres. Maltid o “La hora de la colación “ es, además del glorioso disco folk cósmico que es, toda una declaración de principios que aparece refrendada en la carátula: Remember: Joy is contagious! Para llevar ese slogan a la práctica harán uso de una rítmica desenfadada, un uso más que inventivo del estudio, de melodías inolvidables, de virtuosismo y colorismo tímbrico a borbotones, de aires circenses que también aparecen, con variantes un poco más sarcásticas, en sus amigos de Etron Fou Leloublan. En una de las últimas encarnaciones de este proyecto, Von Zamla, Lasse (así lo llamaban quienes tuvieron la suerte de ser sus amigos) no halla nada mejor que iniciar su primer disco Zamlaranama con Harujanta, ése clásico instantáneo que no dejo de tararear en todos lados, ante la consternación de transeúntes y alumnos por igual. Usando la clásica impronta del rock europeo no gringuizado, de la mano de fagot y oboe, cortesía de Michel Breckmans, (el mismo de tantos proyectos increíbles) de glockenspiel y acordeón, de teclados, guitarras, bajos, percusiones y falsetes divertidos, Hollmer nos da algo más que el RIO quintaesenciado en esos trepidantes 7 minutos y 50 segundos: Tiene la virtud de brindarnos, en capa tras capa, y de un modo casi inagotable, diversas formas de felicidad… Espero que, donde esté el gran maestro sueco esté divirtiendo a quizás que númenes con su aura esplendorosa de comediante glorioso.



Harujanta... sin palabras.

Volapuk es el proyecto más reciente de Gigou Chenevier, el rabioso tamborilero de Etron Fou. Llevan cuatro discos. Destaco el primero, Le Feu de Tigre, donde un trío de batería, clarinete bajo y cello se llena de contrapunto, rítmica incisiva e intempestivos cambios de temperamento y agógica. Presiento que algunos temas le quedaron a Chenevier de la cantera de Etron Fou como la sarcástica y antiyanqui Coca Cola. Otros temas como Aimables Innombrables, Bach is Back , El sombrero, y el track homónimo extraen todos los colores y técnicas extendidas de cada instrumentos, citas auténticas y falsas de música clásica y folklórica, líneas melódicas complicadas, armonías stravinskianas y un variado y atractivo etcétera, que finalmente confirman la capacidad irreductible del queridísimo Samba Scout para reinventarse . Divertido, complejo, siempre pionero. Excelente.


Bach is back... not dead

Amigos cercanos de Zamla, los belgas Aksak Maboul básicamente son el duo de Mark Hollander y Vincent Kenis, en teclados, clarinete y cuerdas, respectivamente. Escucho Onze dances pour combatir la migraine, su primer disco, yo ya conocía el segundo, Un peu de l’ame de bandits, que contaba no sólo con las considerables garantías de Frith y Chris Cutler y otra vez ese genio travieso de Michel Breckmans, sino que con el ABC propio de lo que se ha llamado Rock in Opposition. Al virtuosismo instrumental, el poliestilismo se le agrega la plunderphonia (esto es, el sampling creativo, la intertextualidad podríamos llamar inventiva de registros discográficos previos) y el dadá (el disco incluye el recurso de Tristan Tzara de componer un tango en base a partituras recortadas en tijera y cuyos fragmentos fueron mezclados no en el estudio, sino en un sombrero). Onze dances… ya presentaba estos y otros elementos con una instrumentación mucho más camarística e íntima. Guitarra, piano, clarinete. Órgano, samplers antes de que los samplers existieran (la cita aparece en el booklet de Un peu…)Pero ya el sentido del humor y la multiplicidad de estilos e intenciones aflora por todos lados: Voces infantiles, falsa música étnica, tríos bartokianos, actitud a lo Erik Satie, proto tecno (escúchese la increíble Saure Gurke), muzak irónico, etc. se suceden para deleite del auditor, que encuentra una recompensa a cada nuevo track, como en un buffet electrónico que se pierde en el espacio. Es en este contexto que el disco Un peu… se comprende de un modo radicalmente nuevo, como una especie de segundo movimiento con aún más fuerzas orquestales en juego.



Saurke Gurke... a bailar, a bailar... en 1977!


Las vertientes del RIO nunca se secan y su vida útil parece gozar de excelente salud, gracias a las nuevas bandas que emergen de sellos como Recommended, Voiceprint o Cuneiform. De este último, y para cerrar esta jubilosa entrega, surgen los extraordinarios Birdsongs of The Mezosoic y su disco Dancing On A’A. Piano, sintetizador, guitarra y percusiones análogas y digitales se conjuran en una sorprendente y contundente fusión de jazz-rock, garage (ojo con la guitarra) y minimalismo. Es como si la agrupación de Phillip Glass hiciera una jam session mientras el otrora minimalista interesante compusiera, esto es, durmiera. El lenguaje de RIO surge claramente en el predominio rítmico, los cambios de métrica, las citas y timbres variados, el minimalismo west coast aflora en las líneas del piano y los secuenciadores, como ocurre en temas como Swamp, Ptinct o A band of Deborahs. El grupo aún está activo. Vale la pena seguir sus nuevos derroteros. No así el del ya repetido en la repetición autor de Einstein on the Beach



Un canto prehistórico de los pájaros mesosoicos, en su etapa inicial...

Posdata arqueológica: En Youtube puede encontrarse una actuación borrosa, de pésimo audio de Von Zamla tocando Harujanta. El archivo es como una postal sepia encontrada en una tienda olvidada de un mercado persa, un saludo sonriente de otro mundo irremisiblemente perdido…

Sunday, August 14, 2011

Canción de batalla


flickr.com/photos/dizzlecciko
(Texto indignado, no resentido, es necesario salir de vez en cuando y oír, hasta el ruido que no nos gusta...)
Claro que es fácil vegetar, dejar que otros hablen y decir ellos saben más que yo, como dice esa canción de batalla de Los Prisioneros que a tantos nos conmoviera y nos moviera ya en los ’80. Digo canción de batalla pensando en el concepto musical que desarrolló Hans Eisler en los años locos veinte ante el vórtice que se venía. Ante la injusticia, el oprobio y el descrédito de la clase política había que cantar con la cabeza de vuelta a la realidad. Canción protesta lo llamábamos en Chile, medio despectivamente, y muchos creyeron, ingenuamente que caído el Dictador, no hacía falta este discurso subversivo en la música. Al menos de eso nos convenció la conformista y timorata Concertación. Hoy, relevados del poder por sus “enemigos” (ya no estoy tan seguro que lo sean), se ven deslegitimados por un movimiento ciudadano más indignado y altisonante que nunca.
Nuestros chicos se han tomado la calle y son los portavoces del grito ahogado en la garganta de todos nosotros. Dejamos que la élite hablara y decidiera por nosotros, nos resignamos, muchos cayeron en los paraísos artificiales del consumo y son víctimas actuales de las deudas que fortalecen y engordan a los especuladores que prosperan en base a un sistema gestado sólo para ellos y sus amigos, parientes y compañeros de colegio. Pero también un basta desordenado, despeinado y multifacético se está desgranando por las calles. La calidad de vida no tiene por qué pagarla el que tiene más. Es un derecho que pagamos tú y yo con nuestros impuestos, con nuestro trabajo: El estado somos tú y yo, el gobierno tiene que hacernos a ti y a mí merecedores directos de sus éxitos económicos voceados tan engoladamente. Basta de asistencialismo despectivo de nariz respingada, “sí, tiremos un par de bequitas, que también estudie una cosita el rotito”. Países de la OCDE de verdad mantienen educación pública y de calidad para todos y siguen exhibiendo logros neoliberales lo suficientemente convincentes como para generar infinitos orgasmos en las bolsas de metales de todo el mundo. No podemos seguir dando oídos a la letanía monótona falsamente pesimista de ministros ni de clasistas (un)think tanks que nos llaman a agachar la cabeza y seguir trabajando que la empresa es mía caramba y te echo cuando quiero porque ninguna ley laboral te favorece. Vemos pasar el éxito material ante nuestras narices, el exhibicionismo de lujos del 10% que controla el 80% de la riqueza, no es justo seguir tolerando tanta desigualdad. La desigualdad es el resultado de un proceso económico, es por tanto una coyuntura cultural, convencional, y como tal, puede cambiar, no es un asunto “natural”, sine qua non, como le gusta creer a cierta gente. Este jaguar neoliberal, ejemplo para el resto del continente, está peleando con Angola el cetro al país con la peor distribución del ingreso del mundo. Quelle prestige
Supongo que fácilmente ha sido revelada una realidad, que ya estaba a la vista de todo el mundo, queda claro que lo que las elites u oligarquías realmente tienen es miedo a que alguien atente contra su sacrosanto derecho de propiedad. Tranquila señora, nadie quiere restaurar el soviet ni la Alameda va a llenarse de tanques rusos, tranquila que ni el Chicho ni sus upeorros van a volver a llenar al Chile lindo como un sol de caos marxista. Tranquilo usted caballero que el Dictador no va a salir de su tumba bailando Thriller con sus zombies carniceros CNI. Ese Chile ya fue, el de ahora camina al desarrollo, prospera, se moderniza, el periodismo por fin informa, sin miedo, pero todavía unos pocos lo disfrutan, los demás esperamos el turno en la eterna incertidumbre. No somos tampoco una manga de flojos que queremos caridad. Yo nunca lo he sido ni mi familia. Trabajamos tanto o más que usted. No necesitamos banderas, sólo queremos que escuchen la canción que las marchas y las cacerolas que han vuelto saturan no en tus radios compradas sino a lo largo y ancho del país que crees que es todo tuyo. No de sueños, no de impaciencia, sino de realidad.
Dejo pegadas dos canciones, primero el reggae básico, semi amateur, imperfecto de Los Prisioneros, la música tiene que ser así a veces para impactar.
Acá la letra, si la ha olvidado, joven-aún:
Por la autoridad
que nos da el buen juicio
y en pleno uso de nuestra razón
declaramos romper
de forma oficial
los lazos que nos pudieron atar alguna vez
una institución con forma de representación
que nos declare parte de su total
con toda honestidad
y con la mente fría
renegamos de cualquier patrón
ya todas las divisas
nos dan indiferencia
renegamos de cualquier color
se llame religión, se llame nacionalidad
no necesitamos representatividad


No necesitamos banderas
No reconocemos fronteras
No aceptaremos filiaciones
No escucharemos mas sermones


Es fácil vegetar
dejar que otros hablen
Es fácil vegetar
dejar que otros hablen
y decir ellos saben mas que yo
ponerse una insignia
marchar detrás de un líder
y dejar que nos esgriman como razón
no vamos a esperar
la idea nunca nos gusto
ellos no están haciendo
lo que al comienzo se pacto


No necesitamos banderas
No reconocemos fronteras
No aceptaremos filiaciones
No escucharemos mas sermones



Como contraste de rigor, que incluso la buena cocina lo exige, les dejo otra vez a Henry Cow quienes escribieron esta furiosa obra, Living in the Heart of The Beast, en el contexto de los ’70, como una especie de Pierrot Lunaire gramsciano. Qué vigente es sobre todo la parte final de la canción.
Transcribo el trepidante, emocionante final. Como lo dicen los romanos el arte debe deleitar, conmover y deleitar. Enjoy and sing along!:

Now is the time to begin to go forward - advance from despair,
the darkness of solitary men - who are chained in a market they
cannot control - in the name of a freedom that hangs like a pall
on our cities. And their towers of silence we shall destroy.

Now is the time to begin to determine directions, refuse to admit
the existence of destiny's rule. We shall seize from all heroes and
merchants our labour, our lives, and our practice of history : this,
our choice, defines the truth of all that we do.

Seize on the words that oppose us with alien force; they're enslaved
by the power of capital's kings who reduce them to coinage and
hollow exchange in the struggle to hold us, they're bitterly
outlasting... Time to sweep them down from power
- deeds renew words.

Dare to take sides in the fight for freedom that is common cause
let us All be as strong and as resolute. We're in the midst of
a universe turning in turmoil; of classes and armies of thought
making war - their contradictions clash and echo through time.



Hipertextografía:

Infórmese de verdad:




Saturday, March 13, 2010

Galería de instrumentos subvalorados (III)





Para un manifiesto ruidista

Las veleidades que asedian al auditor interesado -para su liquidación social sin remedio- en las nuevas músicas, parecen, misteriosamente confirmar la devoción que algunos no podemos dejar de tener hasta por el más mínimo bit que contenga frecuencias o formantes, que pueden ir del gamelan de Java a los cantos de los Pigmeos Aka, del rock delirante de Ne Zhdali hasta un cuarteto espectral de Georg Friedrich Haas, de una canción suicida de Swans a una antología de poetas y músicos escoceses, más o menos con el ludibrio promiscuo de una especie de Casanova sonoro que se mueve a través de los decibeles como por los canales de Venecia… Por cierto, buen hombre, que es una metáfora espesamente neobarroca, pero es el impetuoso íncipit que esta nueva entrega requiere. Consultado hasta el cansancio por mis pares e impares acerca de mi pasión casi religiosa por la música, no puedo sino sentir escalofríos al recordar las palabras que aquel célebre músico dijo que escribir sobre música es tan absurdo como oír una pintura o bailar sobre arquitectura (lo que no deja de ser interesante, en todo caso), pero como tengo que canalizar mi entusiasmo de alguna manera sensata y civilizada, heme aquí pues, terminando la saga de los instrumentos subvalorados que tantas horas felices me han dado, mientras los días terrestres siguen girando perdidos como un carrousel de barrio en el marasmo del atardecer de este mundo.

El empate

2) Clarinete bajo y fagot: Lo pensé, lo descarté, lo volví a incluir, como siempre, en el solipsismo agradable que suele rodearme (por qué será, oigo exclamar al perverso arconte de la higiene social), pero tengo que ser honesto: No tengo jerarquía entre estas dos nobilísimas maderas integrantes de la sección de bajos de la orquesta, eficaces y generosos dadores de nuances en el acompañamiento, sobrios solistas doctos, delirantes leaders en el jazz o la improvisación libre. Me seduce esta dualidad casi gnóstica de ambos. Del clarinete bajo me gusta su tesitura fluidamente cantante, que le da esa profundidad estremecedora en los graves y esa especie de atenuación o contención en los agudos. Pero también sus gruñidos burlones y falsetto embriagante erizado de armónicos pueden formar parte de sus posibilidades. Recuérdese su sonido cimbreante en The Sinking of the Titanic, por ejemplo. Extrañamente, sin embargo, sigue siendo un instrumento de excepción, tocado por uno de los clarinetistas. En el terreno solista, por el contrario, es el ataque agresivo y fractal de Elliot Sharp, la acrobacia tan idiosincráticamente holandesa de Willhelm Breuker y la posibilidad múltiple de lo táctil en Louis Sclavis, inter alia, los que garantizan una vida más que perdurable a la gramática de este bello instrumento, al cual el mismísimo Wayne Shorter ha adoptado en la etapa más reciente de su carrera.



Su primo algo distante, el fagot (emparentado, en verdad, con el oboe, el corno inglés y ese desconocido, el heckelphone) parece enfatizar aún más los contrastes: Cómico en los stacattos (el ejemplo más célebre es el tema del Apprentiece socière de Paul Dukas), gimiente en los agudos, solemne y vagamente macabro en los graves más extremos. Este versátil instrumento suele no faltar en los grupos orquestales, tiene escaños hace ya siglos en la sección baja de las maderas. Su agradable maridaje con las violas y los cornos franceses es recomendable y receta frecuente de los compositores clásicos. Son escasos los conciertos para fagot y conjunto instrumental, raro porque es capaz de ejecuciones altamente virtuosas y de generar sonoridades multifónicas con todo tipo de ataques y técnicas extendidas. Ejemplo notable es la Sequenza XII de Luciano Berio. En el terreno del rock Lindsay Cooper aporta los bellos matices de esta madera al sonido inconfundible de Henry Cow, y posteriormente a News from Babel (increíble grupo que congregó en dos magníficos discos a Cooper, Chris Cutler, Dagmar Krause, Zeena Parkins y Robert Wyatt), aparte de su propia obra solista; no puede quedar fuera Michel Brekmanns quien hizo lo propio en los primeros discos de Univers Zero y en Musique pour L’Odisee Art Zoyd. Gil Evans y Sun Ra son pocos de los músicos que lo han incorporado al instrumentarium del jazz, probablemente víctima de la imagen esclerótica con que la música de orquestas es presentada en los medios o en los propios ojos un tanto prejuiciosos de muchos jazzistas, quizás por su imagen tan europea, raro, porque la gran mayoría de los instrumentos usados por ellos son del viejo continente, not so drop dead sexy perhaps?



El instrumento más triste del mundo



1) And the Oscar goes to… Existente desde el siglo XVII, ninguneado por casi doscientos años, relegado a los registros medios de la orquesta para reforzar la armonía, tocado con mala gana por violinistas losers, tal es el lamentable prontuario que este bello instrumento, el más triste del mundo, como lo llamó un músico, ha debido cargar tan injustamente: La viola. Su tenue registro alto no tiene el poderoso clamor del violín o la voz telúrica del cello. No es fácil posicionar los dedos a lo largo de los trastes y la dinámica del instrumento no presenta la contundencia que uno esperaría por el tamaño de su caja. No obstante, todas las técnicas de arco, pizzicato y producción de armónicos y efectos le son tan válidamente aplicables como sus hermanos tan famosos. Salvo en Mozart o las últimas piezas de Beethoven, hasta comienzos del siglo XIX ni en la orquesta ni en el conjunto camerístico par excellence, el cuarteto de cuerdas, los compositores rutinariamente escriben partes de mero refuerzo de la sección de arcos. Como se sabe, es Berlioz quien compone uno de los primeros trabajos virtuosísticos para la viola y nada menos que para las manos demoníacas de Nicola Pagannini, Harold in Italy. A partir de entonces, pero de un modo muy paulatino comienzan a aparecer nuevas piezas para su repertorio, pienso en secciones de las Images de Debussy o las numerosas contribuciones que realizó Paul Hindemith, quien, de hecho, era violista. Pierre Boulez le da un sitial de honor en el escencial Marteau Sans Maitre. Bela Bartok en su magnífico ciclo de cuartetos de cuerdas le otorga un rol de primacía. En el sexto, de hecho, es la viola la que canta el tema central, el Mesto, en torno al cual se enlazan los casi heterogéneos movimientos de la obra, un tour de force para el conjunto que transita de melodías de regusto gitano húngaro a una notable parodia de sus contemporáneos Stravinsky y Schoenberg, la Burletta; el mesto, empero, reaparece una y otra vez, recordándonos la melancolía profunda del autor, en dramática relación con su contexto artístico y personal, that’s art, fellas…

Como instrumento solista, la viola ha recibido trabajos perdurables que definitivamente la sacan del pretérito rol de comparsa. Luciano Berio, otra vez, con su notable Sequenza IX, el último Gyorgy Ligeti con su Sonata de 1993. Garth Knox, el virtuoso exintegrante del espectacular Arditti String Quartett (uno de los mejores ensembles de la historia) registra notables piezas de Giacinto Scelsi, Horacio Radulescu y Tristan Murail en el fundamental The Spectral Viola. En el terreno del rock, otras veces he comentado la poesía y la pasión de John Cale o la reminiscencia folk que Fred Frith hace en el epílogo de Rock Bottom de Robert Wyatt. La línea de fondo que teje Cale mientras Lou Reed canta Sunday Morning, el ya citado Mesto de Bartok, son líneas que penetran las entrañas con dolor redentor, parafraseando al hebreo. Quizás, ahora que termino de redactar estas líneas, entiendo parcialmente mi obsesión con este instrumento. Lo pienso como un poema de Rosamel del Valle, una pintura de Utrillo, un film parpadeante de seppia de un piel roja muerto bailando, una calle estrecha de Saint Andrews o una pequeña caleta de Arauco antes de ser arrasada por las olas, un instante melancólico y secreto, frágil, olvidado por la arrogancia cultural de los caudillos y las camarillas, cuyo fulgor, una vez advertido, una vez descubierto, como el fantasma en el ático, como el tesoro en el sótano o enterrado en el jardín abandonado, se impregna en el espíritu, muestra el camino, la salida, tal es su victoria, discreta, tal es su diamante, su talismán y su canción.

Monday, January 18, 2010

Galería de instrumentos subvalorados II





















Arriba: Herr Brotzmann armado de su saxo barítono, achtung!!
Abajo: Corno inglés, dígame que no es lindo, señora...


Agradeciendo los gentiles posteos de los lectores, noblesse oblige, empiezo este nuevo año… algo triste por los avatares electorales de mi país, es de esperar que los nuevos gerentes que eligió la mitad de Chile no sean un triste clon de los penosos republicanos que tuvieron al célebre burro de Bush como presidente.

Veremos…

Vuelvo a mi melancólica galería de instrumentos acorralados en el cuatro trastero… pero ocurre que, sea el sótano o el altillo, ¿no es este el mágico lugar de las revelaciones? ¿No es este el lugar más alucinante para todo niño que se precie de verdad? Templo de la curiosidad, del misterio, del secreto familiar que no debe ser revelado. Ahí encuentro estos instrumentos cuando la cultura y las academias los desprecian.

Sigamos:

4) Corno inglés: Como se sabe, este nombre es algo así como un faux ami, por la sencilla razón de que este noble familiar de las maderas no es inglés, más bien la etimología sugiere que vendría a ser algo así como cor anglais o corno angulado, lo que no es muy claro dado que es un instrumento recto con esa bella corona ovalada final. Es el alto de la familia de los oboes y aún se lo sigue presentando como instrumento excepcional, de hecho, suele tocarlo el segundo o tercer oboísta. Su sonido tan especial tiene una cualidad nasal que fascina por su fragilidad, pero, al tener esta tesitura tan particular los siglos anteriores no conocen por ejemplo numerosos ejemplos de conciertos de corno inglés y orquesta. Puedo estar equivocado pero creo que Dvorak y Wagner, sobre todo, es uno de los primeros en concederle un papel preponderante en el comienzo del segundo acto de Tristan und Isolde. Una de sus mejores páginas la constituye el segundo movimiento del Concierto para piano y orquesta en sol mayor de Maurice Ravel (sí, ya dije alguna vez que me emociono hasta el colapso con ese piano en cascada y el diálogo delicioso de la flauta y nuestro invitado estrella de hoy). Un segmento memorable hacia el final de Nuages de Debussy y el célebre motivo casi saltarín a lo largo de el demoníaco Sacre de Stravinsky también refuerzan su repertorio. Desde entonces, el siglo XX conoció al corno inglés como invitado frecuente de la familia de las maderas en la orquesta, pero poco como instrumento de cámara, se me viene a la memoria principalmente Zeitmasse de Stockhausen, donde el virtuosismo dado a las líneas de este instrumento reclaman más que una primera audición. En el pop, el duo inicial del corno con la voz de Brian Wilson en Waiting for the day, de Pet Sounds es uno de los pocos elementos de felice recordación (Cervantes dixit). El corno inglés es capaz de todas las técnicas virtuosas del oboe y creo que tiene nuances más delicadas que el saxo soprano. A propósito, paso al siguiente cuadro de mi solitaria galería.

Escuche esa bella melodía de Leroy Osmond, cual Inspector Morse en una solitaria noche dipsómana:



3) Saxo barítono: El saxo es el instrumento estrella del siglo XX. Quizás ni en sus sueños más mercantilistas Adolph Sax soñó con una popularización tal de algunos de los miembros de la noble progenie que su inquieta mente generó a fines del siglo XIX. Primero el jazz y luego el pop hicieron del saxo un instrumento con asiento regular y clase VIP. No viene el caso detallar la lista interminable de saxofonistas que generaron un repertorio de excepción, el que incluye obviamente a Trane, a John Gilmore, a Marshall Allen, a Albert Ayler, Elton Dean, Evan Parker y John Zorn interalia (Sí, nombre a los que más me gustan, señora, ¡es mi blog, caramba!). Escribo “algunos miembros” porque, en honor a la verdad tan sólo el saxo alto y el tenor son los más utilizados por los solistas, además del soprano (pienso en Evan Parker, no en ese fraude de Kenny G). ¿Pero que hay del casi ignoto saxo bajo, usado por Anthony Braxton y Frank Zappa o de uno de mis favoritos, el barítono? Sus multifónicos extasiantes, su noble profundidad en los graves y su fraseo sensible descuellan en manos de un Peter Brotzmann (¿han escuchado ese brutal asalto que es Machine Gun de 1968? Háganlo y van a mandar a los chicos metaleros de vuelta al kínder), de los Becker Brothers o de un Gert Mulligan, quizás su exponente más conocido. En Chile, Crisosto lo toca con la vitalidad y el humor que hacen de Fulano una de las mejores bandas de-este-lado-del-mundo. Sin embargo no tengo muchos ejemplos por lo postergado de este pariente grandote del solemne tenor o el histérico alto. Más aún, el repertorio contemporáneo ignora sus muchas virtudes sonoras. Puede ser usado como un bajo dinámico y poderoso en lugar de un bajo eléctrico o un contrabajo.

Aquí va, pues un fragmento de Machine Gun, afírmese:



Hoy por hoy, que tantos gestos y posturas se agotan en perpetuo auto(f)homenaje, ¿por qué no experimentar con este y otros brillantes instrumentos ocultos entre bártulos, trapos y maniquíes que sobrepueblan el cuarto trastero del siglo?

Finaliza en la próxima entrega.

Sunday, September 06, 2009

Galería de instrumentos subvalorados (I)






Escribo nuevamente, pero no me daré ni te daré explicaciones mundanas oh, lector agazapado en el anonimato de los bits, de por qué la demora. Los negocios que no son de mi Padre (Cronos), sino el mero laburo, me han alejado de mi deber cívico de mantener actualizada esta “red-social”, (pronúnciese en shileno) como dicen los siúticos sátrapas del ciberespacio... en fin.


La tarea del que comete la impudicia de ser compositor hoy en día se hace cada vez más difícil, no lo digo por el espejismo de la originalidad de la obra de arte, más bien porque hoy tenemos más que nunca acceso a tantos instrumentos, tantas tradiciones y músicas que el repertorio sonoro y las muchas preguntas que genera su elección se puede hacer todo un enojoso preludio, incluso antes de ir a buscar una sola nota al piano. (¿O usted, hombre rudo, compone mientras lo apretujan en el metro o en la ducha madrugadora inspirado por los ángeles?).

Evidentemente la palette se ha ampliado y a los colores que definieron Berlioz y Rimsky-Korsakoff en sus tratados ( y el venerable Hugo Riemann en uno de esos libritos cafés de Labor que me recuerdan a Franco, cómo te explico...) se han agregado miríadas de instrumentos étnicos y electrónicos. La tesitura tradicional de la orquesta coexiste con berimbaus, bousoukies, balafones, didgeridoos, guitarras eléctricas, órganos hammond, tornamesas, etc. De manera que, como dice Chris Cutler, si quieres un sonido gordo y potente de un bajo de 32 pies, no amerita usar como Carl Orff cinco pianos, sino un bajo eléctrico con reverb a alto volumen. Ligeti expondrá la espectralidad de una orquesta de percusión para imitar el sonido salido de los estudios de Köln, por ejemplo, entre tantos otros.


No obstante revisando mis discos, artículos o conciertos a los que he acudido o las partituras que de tiempo en tiempo caen en mis manos, noto que hay ciertos instrumentos de la orquesta misma que no reciben las palmas de Píndaro a la hora de figurar en los top ten de instrumentación, donde, como se sabe, el piano, el violín o el clarinete no parecen tener competidores (excepción de la flauta, la guitarra, o el saxo probablemente). Quiero dejar hoy unos pocos comentarios alabando algunos de mis instrumentos fetiches, ladies and gentlemen, ¡la galería de instrumentos subvalorados 2009!


6 Contrafagot: Pariente exiliado de un aún más renegado fagot. Lo dice Zappa, que no yo, tiene más atractivo y “prospecto social” (lo leí en El Merculo) que la pequeña Coni o el pequeño Mati toquen el violín para los tíos sangrones de la parcela que irrumpir entre el té y las galletitas con la introducción de Le Sacre du Printemps. Su primo grandote suena, como sabe usted, señora, una octava más baja de lo que se anota y apuntala maravillosamente los bajos de la orquesta. Beethoven junta a los primos y al bombo para marcar el paso de las estrellas en el más que glorioso Finale de la Novena, Ravel lo usa en el inicio del Concierto para la mano izquierda y Bartok como parte de Barbazul. Carl Stalling lo usa valientemente como solista en sus desquciadas parituras clásicas para los Looney Tunes. En The Fall of Usher House del primer disco de Alan Parsons Project, una espeluznante nota de pedal que servía como gozne entre dos secciones me voló la cabeza y me hizo amar a estos dos primos. Aunque hay repertorio orquestal para darle de comer al contrafagotista, en la música de cámara parece no haber muchos ejemplos. Fellini lo usa, pésimamente como metáfora de una pega que nadie quiere en Ensayo de orquesta. Lástima. Más adelante, era que no, se viene el homenaje al primo chico. En este video, un entusiasta del contrafagot demuestra que se pueden despachar unos buenos licks. No suena mal:







5 Armonio:

De acuerdo, no suena majestuoso como el órgano de tu iglesia ricachona y decadente (me encanta el instrumento rey, en todo caso) y, peor aún, tiene un regusto medio canuto tipo señora gringa onda Bible belt, pero su textura vagamente melancólica ofrece un grato colchón para entretejer más de algún adagio otoñal o hiperbóreo. Recuérdese a Ivor Cutler recitando en medio de la lluvia con un armonio en las Miniatures de Morgan Fisher o al uso que se le da al final de Kid A de Radiohead. Schoenberg despliega toda la variedad tímbrica de sus stops en Herzgewasche, Webern incluye breves pero efectivos pasajes en algunas de sus Diez piezas para orquesta Op. 10. No podemos dejar atrás a Univers Zero y su rotundo rescate del instrumento, en especial en ese par de joyas del Chamber rock que son 1313 y Heresie. Su líder Daniel Denis ha declarado que sacó muchas de sus oscuras y afiladas melodías de esta joyita de teclas y láminas vibrantes. Lo he tocado un par de veces, cansa un poco el tema del pedal, pero si andas en bibicleta, furioso, y te da lata trasladar a tu ensamble donde el curita cascarrabias y te cansan los hammond super rockeros ( que también me gustan), este instrumento te saca de apuros.

Acá Penguin Café Orchestra nos muestra qué dulces momentos se pueden obtener del armonio:





Me gustan las causas perdidas y me importan un bledo los sesenta, qué le voy a hacer. Pero si algún lector, o lectora mejor, conoce aún más repertorio de estas maravillas de la acústica, por favor pos-t-é-e! Esta historia continuará...