Occidente, la tierra donde
cae el sol, el instante donde se sumerge su ígnea esfera bajo aguas neblinosas.
Occidente como oposición a oriente. La tan manida razón contra intuición.
Erección y exaltación del ego versus disolución y vacío del mismo. A veces a mí
me cansa occidente, que es la mitad del globo que acabó hegemonizándonos a
nosotros los sudamericanos, siendo que tantas cosas unían a los precolombinos
con el pensamiento oriental, pirámides incluidas…
Este occidente que continúa posando
de un desacreditado suprarracionalismo (explicar, explicar, explicar, tres
tijeras dice Claudio Bertoni) que se siente detentor de verdades que debe estar
enmendando, corrigiendo cada tanto, padece hoy en día un nuevo síndrome o mueca
snob, tontorrón como sonsonete de socialité: La enfermedad del desdén fácil, de
la ironía gratuita (me incluyo) hacia todo lo que no entiende. Basta ver la
horda de trolleros y chantas que pululan por internet, plaga social de lo que
lleva este siglo, peor que la fiebre porcina o la meningitis, enfermedad de la
que alguna vez también tuve el horror de ser huésped. Como el obtuso Bernard de
aquella novela de Ian McEwan, Los perros negros, el occidental dice amar las
ideas, pero desprecia a los individuos en nombre de las cuales lucha.
Llevamos un lustro y algo de
un siglo nuevo que nos prometía cambios necesarios que hoy son reemplazados por
esa mueca despectiva y paternalista estilo “really?”. Y así, este estudiado y
vacío desdén posmoderno denigra cualquier resabio de auténtica expresividad,
auténtica búsqueda, auténtico asombro. Máscara
burguesa que apenas disimula el vacío de sus vidas mínimas. Potencialmente
todos caen, del académico (supuestamente) laureado, hasta el cretino de la
esquina, ese que no le ganó a nadie y suelta o la bravata o al pitbull contra
quien se aproxime a su camioneta de narco…
Dos: Regresos
Como mi niño interior se
resiste a salir de su confortable escondite, sigo valorando aquella
aproximación desnuda, límpida como la página en blanco que llevaron tan lejos,
a tantos creadores de verdad. Esa inocencia mágica de tardes de verano, risas,
lagunas y pies llenos de barro. Esa luminiscencia de las primeras estrellas, el
color de los pájaros o el misterio evanescente de las primeras puertas
traspuestas, lejos de los padres. Entonces exclamo esa palabra francesa, bella
como una adolescente provenzal en un campo de espigas barrido por el Mistral, “naïveté”, a traducir
apresuradamente como ingenuidad. Los franceses que tanto saben de esto, no la
usan para censurar, sino para explorar o señalar.
Pienso en un Aduanero
Rousseau o a una Seraphine, grandes talentos que hoy nadie cuestiona y que en
su momento la crítica llamó pintores ingenuos, amateurs en apariencia, alejados
de escuelas y partidos estéticos, pero dotados ciertamente de genio. Algunas
pinturas simbolistas también podrían ingresar bajo este luminoso alero. En la
música, dicho concepto podría aplicarse a Anton Bruckner, el buen aldeano del
que todos se burlaban y cuyas majestuosas sinfonías rivalizan con Wagner en
emoción y profundidad, conmoviendo a las masas todavía hoy.
Una exploración sincera,
libre, completamente abierta al inconsciente, sin preconceptos de ninguna
especie, un umbral real que, se sabe, los niños tienen y viene luego la
educación y la pone en su lugar clausurándola por insalubre socialmente, esa
naïveté, es lo que quiero y necesito, bajo la arboleda de claustro en la cual
camino hoy mientras divago, secretamente, entre el follaje que se confunde
entre tantos verdes, malva y dejos de dorado…
Tres: Los organilleros
Feliz navidad a ustedes, capìtanes Algunos
sacan sus viejos juguetes del óxido de las maletas del ayer, los acarician y
los guardan atajando lágrimas de lejanía. Yo vuelvo a mis discos, y pienso en
ellos, pintando un paisaje detenido en el tiempo, con trazos de niño alucinado.
Son esos instantes secretos cuando Lars Hollmer exhala gemas pintadas con
crayones como Lylla-Bye, con su acordeón hiperbóreo o la inesperada cadencia
jazzística en bambalinas que surge del garbo circense de Frutbestamningen,
quedan cortas estas líneas para exaltar estas y otras miniaturas inauditamente
bellas e ingenuas del genio sueco, que tan maravillosamente estólido te dejan,
como Franklit, Soonsong, Paztema, etc. etc. Fama es que a Lars Hollmer le
gustaba grabar en su estudio casero no sólo con los visionarios más grandes de
la música de nuestra época, sino también con sus hijos y nietos que no cesaban
de transmitirle ese asombro, gratuidad y desparpajo propio de los niños. ¿No
parece su clásico Quickstep un carnaval en stop motion de desquiciados juguetes
de madera? Y también pienso en la discreta reunión que se llamó Julverne y nos
dio esas hermosas piezas de cámara que une lo popular con Messiaen en
Coulonneux, o en Pascal Comelade mapeando un pueblo de su infancia en la
irónica, satiniana solitaria y dulce Topographie Anecdotique, o en el Tom Zé
más romántico que nos emociona hasta las lágrimas con Passageiro y O Riso e a
Faca…
Jazz circense, por el gran clown Lars Hollmer Y claro que Robert Wyatt,
que no sólo hizo Rock Bottom, hizo Ruth is Stranger Than Richard y otras obras
maestras como Dondestan,Shleep, Cuckooland o Comicopera. Podría hablar de Wyatt por
horas, su temblorosa, tímida e infinita
voz cuya ternura nos traspasa como un cuchillo, vuelvo a escuchar Muddy Mouth, (que
está en Ruth)… el piano de Fred Frith y
esa voz que es como un gemido dulce, como una cascada otoñal que divide un
bosque en el cual nos perdimos hace ya tanto, cascada que un pez iridiscente
recorre jubiloso como el violín gozoso que cierra Maryan, en el pregonero
aúlico de Duchess o Sunday in Madrid, el relator dulce del drama de (¿ven?) A
forest, el paseante frente al oleaje nublado de la deliciosa cadencia de
Worship. Wyatt, el soñador que sólo quiere mirar en su ventana las bandadas de
pájaros emigrantes sobre los que quiere volar.
Escuchen esas joyas, Alien, Cuckoo Madame, Just a Bit… ¡Escúchenlo todo!
Bendito Robert, cuya sabiduría, humildad y dulces melodías siguen alumbrando el
páramo donde continuamos vagando.
El Reino Eterno que yace en
el corazón humano sólo puede ser hallado por los niños, ¿alguna vez occidente
volverá a jugar? Muddy Mouth, vaya, llore, llore...
En ese inadvertido tratado de magia clásica que es The Golden Bough, Fraser describe cómo una serie de eventos pueden concatenarse según los elementos que el mago advierta que tienen en común,aunque se pierdan en el camino, en el decurso de los días, de una manera u otra vuelven a reencontrarse.Recordé ese principio mientras revolvía las cajas de libros y curiosidades varias de un amigo canadiense que decidió-supongo que para mejor- abandonar esta ínsula y volver a su patria; para aliviar equipaje, mi amigo había decidido subastar, a precio de huevo,algunas cosas que estimaba meras prescindencias. Así obtuve, una versión abreviada pero bastante puntual de The Decline and Fall of The Roman Empire de Gibbon y un par de tratados de Carl Gustav Jung, a lo que se agregaron luego un busto de bronce de Wagnery un ejemplar algo nada menos que A year with Swollen Appendices, un fragmento de los diarios de vida de Brian Eno. La peculiar subasta ocurrió un día de invierno. Llegué a mi casa con la satisfacción del niño al que un día, sin saber cómo ni por qué, su tío favorito le regala los juguetes de su infancia (esos que perversamente presidían las mesas de arrimo y anaqueles y no podías tocar por nada del mundo), instalé la mirada severa y alucinada del genio de Bayreuth en mi biblioteca (ante la consternación de mi moderna esposa que ya me vislumbra apestando a polillas y naftalina), me sumergí en Gibbon y Jung y decidí archivar la cotidianeidad del autor de Nerolipara días más calurosos.
Un casette ochentero
La música de Brian Eno venía rondando en mi memoria desde hace mucho tiempo. Todo comenzó, a fines de los ’80, con el hallazgo de un cassette en el Goethe Institut (donde muchos aprendimos a cultivarnos en nuestra época adolescente) que contenía Discreet MusicyMusic for Airports.La repetición de ciclos melódicos que variaban sutilmente en su textura, la dinámica casi rondando el silencio me produjeron extrañeza, luego tedio, luego interés, después no podía dejar de oírlo. La música ambient, creada por Eno se convertiría en un género con perfil propio, definido por su autor como la generación de un espaciosonoro no intrusivo que propicie una instancia para que el auditor no se concentre necesariamente en lo que oye, sino que ejecute sus actividades libremente y tenga espacio y tiempo para pensar. Espacios inquietos para el reencuentro con el Self, en suma. Así, el tiempo de la música se fusiona al de la realidad del auditor. Por cierto que encontramos antecedentes de esto en Lamonte Young, en el cómplice de fechorías de Eno, Harold Budd y en general del minimalismo estadounidense. Pero también de la escena experimental inglesa de principios de los sesenta - me refiero a la Nueva Consonancia de gente como Cornelius Cardew, la Portsmouth Symphonia, Gavin Bryars y, sí, nuestro villano favorito Michael Nyman. A muchos de estos últimos Eno los editará en su propio sello Obscure.
Hasta entonces era lo que más o menos sabía de él. Luego, mirando los créditos de varios demis discos (actividad muy educativa que recomiendo) lo descubro en su faceta de visionario productor de música pop. Suena paradójico, vendido si usted quiere ser fundamentalista, buen hombre. Pero lo ciertoes que Eno sabe aunar, mágica, alquímicamente si se quiere, en sabia nupcia, el arte musical popular y la propuesta intelectual más profunda de las vanguardias. Disco en el que pone las manos, por ende, cambia el destino de sus artistas, para bien, por cierto. Es él quien está detrás, por ejemplo, de The Lamb Lies Down on Broadway, el mejor disco de Genesis, de Fearde John Cale, de la llamada Berlin Trilogy de David Bowie entre muchos otros como Laurie Anderson, Talking Heads, James e incluso U2, a los cuales les produjo los mejores discos de su historia, el notable Passengers incluído.
Danza contemporánea
Tiempo después, a mediados de los ’90, en un espectáculo de danza contemporánea, descubro otro clásico: My Life In the Bush of Ghosts, compuesto y grabado junto a David Byrne. Música étnica tratada cibernéticamente acompañada con fragmentos radiofónicos de cantantes orientales o predicadores maniáticos, dentro del concepto de Fourth World (ideado por Eno y el trompetista John Hassell) que dará lugar a un sonido cuya fértil descendencia puede encontrarse en las diferentes vertientes del tecno, ya sea el jungle, el trip hop, el electrobody, etc. Muchos años después encuentro este trabajo en una esotérica disquería de Providencia, me lo llevé junto a Music For Filmsy aBefore and After Science. Confieso que estos últimos los pesquisé en mi época de completista porque tocaban Fred Frith y Robert Wyatt. Music for filmses algo así como evocadores y encantadores fragmentos de conjeturales obras ambient que se te quedan pegados al oído por semanas enteras (Ahí están Slow Water o From the Same Hill para probarlo, quieta belleza, lágrimas en lo secreto…)
Before… fue notable, como-reza-su-título- contiene una parte pop y otra más cercana al ambient, pero esta vez, nuestro hombre es quien canta. Asombro total: Pop de gran factura armónica y tímbrica, invitados de lujo, nada menos que Robert Fripp, Phil Manzanera, Jaki Libezeit, los ya mencionados Frith y Wyatt (bajo el pseudónimo de Shirley Williams) e incluso Phil Collins (cuando era un tipo al que le interesaba la música) un discocompletamente adelantado a su tiempo, antedata todo el pop de los veinte años que seguirán. Ejemplo de ello temas de belleza conmovedora como Julie with… o By this river (usado en el filme La habitación del hijo) o ese temazo pop que batiría todos los charts de cualquier radio decente: King Leads Hat (anagrama de Talking Heads). Raro, me pasó lo mismo con el cassette ochentero: Desconcierto, tedio, desafío y luego largas escuchas sin fin. Es uno de mis discos favoritos de Brian Eno a ultranza. Más que recomendable su audición que usted debiera hacer ¡es que ya!
Un año en la vida
Fue así como finalmente llegó el libro autobiográfico de Eno a mis manos. Ya en los terribles y universitarios ’90 había leído sobre él:En el amenísimo Nueva música: De la música industrial al tecno pop del periodista español Adolfo Marín (re)descubro a Eno, esta vezdescrito de un modo genuinamente admirativo como un aristócrata refinado que se ha levantado pronto y tomado un buen desayuno, destaca su enfoque plástico a la música (eso de no-músico, como Marín señala, ya no me convence tanto) y lo consigna a él, a Kraftwerk y Can como las grandes vertientes de donde emana todo el rock de los veinte años siguientes. Hoy tengo la autobiografía de Eno (editada nada menos que por Faber & Faber), y el panorama es aún mejor, en estas cándidas y reveladoras páginas no vemos al aristócrata snob imaginado porMarín, sino un hombre que parece venir de vuelta de todo, que frisa los cincuenta años, continúa componiendo y grabando en plena forma y persiste, como tan pocos, en la búsqueda y el asombro. Sin un tono automitificador ni narcisista, su prosa concisa, irónica y clara nos muestra (pocas veces bien dicha esta palabra en una autobiografía) sus orígenes de clase media trabajadora, sus ratos de mal humor y de risa incontenible, sus excelentes y variadas lecturas, también consigna duchampianas apostillas sobre prácticamente cualquier tema (de la arquitectura a la masturbación), diálogos recogidos en la calle, vocablos inventados por sus hijas pequeñas, sus acciones políticas concretas (como la fundación War Child y su crucial rol en la Guerra de Bosnia-Herzegovina), su rol de profe que abre puertas (los que valen la pena), de padre modelo y consentidor, de cocinero barroco y jardinero, de ciclista y nadador part time. No conforme con tanta maravilla, Enole obsequia a sus lectores esclarecedores ensayos cuyos temas van desde la música ambient a la entonces naciente -y algo fraudulenta- industria del CD-ROM. Thought-provoking, como dicen los gringos, todo el rato…
Eno, claramente, no es una prima donna que adorna cada tanto la portada de The Sun con escandaletes y groupies carreteadas. Es un intelectual, pero no un latero de academia. Es socialité, cierto, pero ha aprendido a mantener el mundillo de las artes a distancia prudente. Es un artista de verdad, que no desdeña una vida tranquila y solitaria que suele depararle sus innumerables visiones sonoras. Pocos lo saben, pero además de músico es artista plástico de múltiples exposiciones alrededor del mundo y junto a Peter Schmidt diseñó el célebre set de cartas de las Estrategias Oblicuas, útil oráculo para cualquier artista que esté inmerso en un proyecto y quiera saber cómo y dónde guiarlo. Ha sido usado por gente como Fred Frith. El diario contiene numerosas nuevas estrategias como las siguientes, traducidas algo libremente por vuestro servidor:
“Retrocede unos pocos pasos. ¿Qué más podrías haber hecho?”
“¿Qué es lo qué más te ha influenciado? ¿Cómo puedes aprovecharlo en tu trabajo?”,
“¿Para cuándo es esta obra?, ¿para quién?”
“¿Cómo explicarías tu obra a un niño o a tus padres?”
“Remueve todo el misterio posible: ¿Qué es lo que queda?”
Y, last but not least, la Estrategia Oblicua clásica:
“Honra el error como una intención oculta”. (Esta última te confieso que me ha inspirado bastante en mis propios asuntos, hasta los amorosos)…
Reflexionando en torno a ellas, Eno confiesa su arte poética: “Soy un en el fondo un simple generador de múltiples ideasque usa su arte meramente para promoverlas”.Con gente como Brian Eno el arte continúa siendo un vehículo del pensamiento humano, siempre en nuevas e inesperadas perspectivas, en medio de la gran crisis del racionalismo occidental, el gran maestro inglés es una mina de oro que se redescubre continuamente y te influencia de tal manera que tus propias búsquedas tampoco tienen fin. Mientras escribo,tengo puesto en el laptop, Thursday Afternoon, el primer CD que grabó Eno con la pieza ambient homónima que ocupa toda la duración del disco y su piano pensativo y susurrante bajo un drone vesperal y profundo me es tan saludable como un fragmento del Tao Te King o una taza de Earl Grey bajo los árboles del verano. Vivo retrato de nuestro hombre, supongo.
Las veleidades que asedian al auditor interesado -para su liquidación social sin remedio- en las nuevas músicas, parecen, misteriosamente confirmar la devoción que algunos no podemos dejar de tener hasta por el más mínimo bit que contenga frecuencias o formantes, que pueden ir del gamelan de Java a los cantos de los Pigmeos Aka, del rock delirante de Ne Zhdali hasta un cuarteto espectral de Georg Friedrich Haas, de una canción suicida de Swans a una antología de poetas y músicos escoceses, más o menos con el ludibrio promiscuo de una especie de Casanova sonoro que se mueve a través de los decibeles como por los canales de Venecia… Por cierto, buen hombre, que es una metáfora espesamente neobarroca, pero es el impetuoso íncipit que esta nueva entrega requiere. Consultado hasta el cansancio por mis pares e impares acerca de mi pasión casi religiosa por la música, no puedo sino sentir escalofríos al recordar las palabras que aquel célebre músico dijo que escribir sobre música es tan absurdo como oír una pintura o bailar sobre arquitectura (lo que no deja de ser interesante, en todo caso), pero como tengo que canalizar mi entusiasmo de alguna manera sensata y civilizada, heme aquí pues, terminando la saga de los instrumentos subvalorados que tantas horas felices me han dado, mientras los días terrestres siguen girando perdidos como un carrousel de barrio en el marasmo del atardecer de este mundo.
El empate
2) Clarinete bajo y fagot: Lo pensé, lo descarté, lo volví a incluir, como siempre, en el solipsismo agradable que suele rodearme (por qué será, oigo exclamar al perverso arconte de la higiene social), pero tengo que ser honesto: No tengo jerarquía entre estas dos nobilísimas maderas integrantes de la sección de bajos de la orquesta, eficaces y generosos dadores de nuances en el acompañamiento, sobrios solistas doctos, delirantes leaders en el jazz o la improvisación libre. Me seduce esta dualidad casi gnóstica de ambos. Del clarinete bajo me gusta su tesitura fluidamente cantante, que le da esa profundidad estremecedora en los graves y esa especie de atenuación o contención en los agudos. Pero también sus gruñidos burlones y falsetto embriagante erizado de armónicos pueden formar parte de sus posibilidades. Recuérdese su sonido cimbreante en The Sinking of the Titanic, por ejemplo. Extrañamente, sin embargo, sigue siendo un instrumento de excepción, tocado por uno de los clarinetistas. En el terreno solista, por el contrario, es el ataque agresivo y fractal de Elliot Sharp, la acrobacia tan idiosincráticamente holandesa de Willhelm Breuker y la posibilidad múltiple de lo táctil en Louis Sclavis, inter alia, los que garantizan una vida más que perdurable a la gramática de este bello instrumento, al cual el mismísimo Wayne Shorter ha adoptado en la etapa más reciente de su carrera.
Su primo algo distante, el fagot (emparentado, en verdad, con el oboe, el corno inglés y ese desconocido, el heckelphone) parece enfatizar aún más los contrastes: Cómico en los stacattos (el ejemplo más célebre es el tema del Apprentiece socière de Paul Dukas), gimiente en los agudos, solemne y vagamente macabro en los graves más extremos. Este versátil instrumento suele no faltar en los grupos orquestales, tiene escaños hace ya siglos en la sección baja de las maderas. Su agradable maridaje con las violas y los cornos franceses es recomendable y receta frecuente de los compositores clásicos. Son escasos los conciertos para fagot y conjunto instrumental, raro porque es capaz de ejecuciones altamente virtuosas y de generar sonoridades multifónicas con todo tipo de ataques y técnicas extendidas. Ejemplo notable es la Sequenza XII de Luciano Berio. En el terreno del rock Lindsay Cooper aporta los bellos matices de esta madera al sonido inconfundible de Henry Cow, y posteriormente a News from Babel (increíble grupo que congregó en dos magníficos discos a Cooper, Chris Cutler, Dagmar Krause, Zeena Parkins y Robert Wyatt), aparte de su propia obra solista; no puede quedar fuera Michel Brekmanns quien hizo lo propio en los primeros discos de Univers Zero y en Musique pour L’Odisee Art Zoyd. Gil Evans y Sun Ra son pocos de los músicos que lo han incorporado al instrumentarium del jazz, probablemente víctima de la imagen esclerótica con que la música de orquestas es presentada en los medios o en los propios ojos un tanto prejuiciosos de muchos jazzistas, quizás por su imagen tan europea, raro, porque la gran mayoría de los instrumentos usados por ellos son del viejo continente, not so drop dead sexy perhaps?
El instrumento más triste del mundo
1) And the Oscar goes to… Existente desde el siglo XVII, ninguneado por casi doscientos años, relegado a los registros medios de la orquesta para reforzar la armonía, tocado con mala gana por violinistas losers, tal es el lamentable prontuario que este bello instrumento, el más triste del mundo, como lo llamó un músico, ha debido cargar tan injustamente: La viola. Su tenue registro alto no tiene el poderoso clamor del violín o la voz telúrica del cello. No es fácil posicionar los dedos a lo largo de los trastes y la dinámica del instrumento no presenta la contundencia que uno esperaría por el tamaño de su caja. No obstante, todas las técnicas de arco, pizzicato y producción de armónicos y efectos le son tan válidamente aplicables como sus hermanos tan famosos. Salvo en Mozart o las últimas piezas de Beethoven, hasta comienzos del siglo XIX ni en la orquesta ni en el conjunto camerístico par excellence, el cuarteto de cuerdas, los compositores rutinariamente escriben partes de mero refuerzo de la sección de arcos. Como se sabe, es Berlioz quien compone uno de los primeros trabajos virtuosísticos para la viola y nada menos que para las manos demoníacas de Nicola Pagannini, Harold in Italy. A partir de entonces, pero de un modo muy paulatino comienzan a aparecer nuevas piezas para su repertorio, pienso en secciones de las Images de Debussy o las numerosas contribuciones que realizó Paul Hindemith, quien, de hecho, era violista. Pierre Boulez le da un sitial de honor en el escencial Marteau Sans Maitre. Bela Bartok en su magnífico ciclo de cuartetos de cuerdas le otorga un rol de primacía. En el sexto, de hecho, es la viola la que canta el tema central, el Mesto, en torno al cual se enlazan los casi heterogéneos movimientos de la obra, un tour de force para el conjunto que transita de melodías de regusto gitano húngaro a una notable parodia de sus contemporáneos Stravinsky y Schoenberg, la Burletta; el mesto, empero, reaparece una y otra vez, recordándonos la melancolía profunda del autor, en dramática relación con su contexto artístico y personal, that’s art, fellas…
Como instrumento solista, la viola ha recibido trabajos perdurables que definitivamente la sacan del pretérito rol de comparsa. Luciano Berio, otra vez, con su notable Sequenza IX, el último Gyorgy Ligeti con su Sonata de 1993. Garth Knox, el virtuoso exintegrante del espectacular Arditti String Quartett (uno de los mejores ensembles de la historia) registra notables piezas de Giacinto Scelsi, Horacio Radulescu y Tristan Murail en el fundamental The Spectral Viola. En el terreno del rock, otras veces he comentado la poesía y la pasión de John Cale o la reminiscencia folk que Fred Frith hace en el epílogo de Rock Bottom de Robert Wyatt. La línea de fondo que teje Cale mientras Lou Reed canta Sunday Morning, el ya citado Mesto de Bartok, son líneas que penetran las entrañas con dolor redentor, parafraseando al hebreo. Quizás, ahora que termino de redactar estas líneas, entiendo parcialmente mi obsesión con este instrumento. Lo pienso como un poema de Rosamel del Valle, una pintura de Utrillo, un film parpadeante de seppia de un piel roja muerto bailando, una calle estrecha de Saint Andrews o una pequeña caleta de Arauco antes de ser arrasada por las olas, un instante melancólico y secreto, frágil, olvidado por la arrogancia cultural de los caudillos y las camarillas, cuyo fulgor, una vez advertido, una vez descubierto, como el fantasma en el ático, como el tesoro en el sótano o enterrado en el jardín abandonado, se impregna en el espíritu, muestra el camino, la salida, tal es su victoria, discreta, tal es su diamante, su talismán y su canción.
Oxford, los jardines que inspiraron a Lewis Carroll
Vengo regresando de un postergado viaje. No por mi voluntad, claro, que de transeúnte, señora, vaya si tengo ejercicio y condición. Los arcontes, usted sabe, patrullan incesantemente las aduanas del espíritu y escapar de sus ojos de buitre no es fácil. Pero aconteció que, finalmente, crucéelcharco dejé atrás las ominosas montañas andinas, la infinita selva brasileña y durante la noche las pléyades guiaron al pájaro de plata ibérico a “la inquieta Europa”.
El destino final sería ese amable y verde museo al aire libre que es Gran Bretaña. La bella Edimburgo y la metrópoli definitiva de Londres sellaron mis pasos absortos y ebrios de asombro. Palidecen las baedeckers y travels and livings de este mundo ante el paseo del ojo desnudo. El viaje, dice Joseph Campbell, transforma al héroe, quien, al fatal e inevitable regreso, se sumerge en la laguna Estigia de la otredad y su destino queda trazado hacia la luz o el abismo. Qué de cosas he visto, diría como el hablante alucinado de Ecuatorial de Huidobro: Escocia es una doncella feérica oculta entre el bosque fragante y la piedra negra, Inglaterra, la casa de las rosas y los castillos, la intriga y la gloria.
Hollyrood Park, Edinburgo
Había música en todos lados, orquestas y bandas se voceaban infinitamente aquí y allá, tiendas insólitas prodigaban partituras y discos sin medida, musicales ofrecían orquestas rigurosamente en vivo y actrices hechas a mano por la mismísima Cipris, como en Chicago o The Ghost of The Opera de Lloyd Weber (era de rigor en Londres), buskers asombrosos regalaban melodías en instrumentos rientes y sardónicos como una animada gaita esquinera en Edinburgh, un zither pensativo en Durham, unos steel drums sinfónicos en Bath o un dueto londinense de cuerdas de Bach en un túnel de Southwark bordeando un Thames orgullosamente intemporal...
Unknown Pleasures, Saint Andrews
Unknown Pleasures, una disquera de Saint Andrews situada en una casona del siglo XVIII me deparó a Anthony Braxton y la Creative Music Orchestra de 1978, una caja con la integrale de Nick Drake, Laughing Stock, el increíble testamento de Talk Talk un par de vinilos de Magma(!) y un largo etc. En Bath y Oxford tiendas numinosas me tentaron con las piezas de piano de Takemitsu editadas por Naxos y las Klaviertsücke de Stockhausen completas, sin embargo opté, dolorosamente, por las partituras de L’Histoire Du Soldat (anotada!), la Symphonie Fantastique y por supuesto las Eight Songs for a Mad King de Peter Maxwell Davies. Evidentemente, estuve en el gabinete de George III en el British Museum y su increíble colección de relojes. Sin embargo, me quedé con las ganas de hacer el peregrinaje a Louth, para ver a Robert Wyatt pero me llevé, desde Fopp! su última, sentida e iracunda joya Comicopera, tampoco pude ir al Barbican y sus múltiples conciertos, pero en fin, ni Roma (ni Londres) se hicieron en un día. Puedes caminar en estas tierras, sin temor, te saludarán lo árboles, los palacios y la belleza de sus mujeres, quienes, a diferencia de nuestras tiesas y malhumoradas chilenas, devuelven la sonrisa cuando las admiras.
Dándole a las pailas este maestro en Bath
En el Victorian Albert Museum hay una sección de instrumentos musicales antiguos. Premunido de la clarividencia del viajero, casi puedo oír el eco de hurdy gurdies, spinets virginals, barrel organs, oficlides y tantos otros en calles barrocas, iglesias góticas o plazas del mercado. Estas son algunas de esas joyas que alegraron a los transeúntes hechizados por el melos de otro tiempo:
Acabo de regresar de una curativa estadía en la costa, me hacía falta creo para acabar de exorcizar un par de demonios que erraban por mis tierras. Escribe Jung que son los dioses y demonios los que quieren convertirse en hombres y no al revés y no es bueno que lo logren… Supongo que eso explica la existencia de santos y poseídos, de delincuentes y modelos parlanchinas de televisión…Ciertamente no es fácil salvaguardar la individuación de cada hombre, yo lucho a veces cruentamente por mantener la mía. Necesito mirar el mar al atardecer algunas horas, al menos una vez al año y creo que eso en verdad me ayuda en este a veces brutal proceso.
Como si el mar estuviera cerca, se siente una exaltación en la sangre, dice Borges bellamente, adhiero a ello y por ello busco el mar como lugar de retiro estival. El bautismo de sus aguas frías e intensas, la visio beatifica de los rayos de sol amonedándose en las ondulantes corrientes azules, la lontananza libre y su desoladora libertad te invitan a amar el mar para siempre y también respetarlo a quieta distancia. Sus olas amistosas pueden llevarse a cualquiera cuando lo deseen, para mí es la mejor metáfora del Pleroma que pueda existir. Basta la proximidad de su aire para que todo lo olvide y sonría…
Tengo ritos marítimos a los que soy fiel. Mis prácticas paganas, mitología individual que le llaman, incluyen pararse en la roca más alta frente al mar y audicionar la música apropiada en la hora justa del día. Así, mientras viajo por la carretera rodeada de cerros y bosques voy escuchando Lost and Found de Fred Frith y me siento como en Step Across The Border, (road movie más que recomendable, jefe), esa gentil melodía de violín con aires eurasiáticos se te pega en la mente por semanas; ya entrevisto el océano, aparece automáticamente en mi cabeza el juguetón solo de órgano Riviera de Robert Wyatt en A Last Straw, sí, la misma de Rock Bottom (jubilosa y caóticamente comentado en una entrega anterior, busque en los archivos, busque) y cuando el track termina con esa guitarra ondulante no quieres sino arrojarte a las olas de puro contento.
A todo esto añado varias canciones de Cocteau Twins una vez que logro sentarme entre las rocas a contemplar el océano, podría estar horas, extático. Pero como ya hable largamente de Rock Bottom y de por qué creo que los Cocteau son sublimes quiero comentar ahora tres discos océanicos imprescindibles que usted buen hombre debiera procurarse:
1) Budd-Raymonde-Guthrie-Fraser: The Moon and The Melodies Ok, estoy haciendo trampa, pero vamos, qué escritor no lo hace, véase al malandrín de Dan Brown como ejemplo, pero la verdad es que los Cocteau decidieron firmar esta colaboración con Harold Budd sólo con sus apellidos entiendo que para que sus fans no confundieran este trabajo con el corpus que ellos hacían como banda en aquel tiempo , lo que no se entiende muy bien porque este disco encaja perfectamente entre los epes de 1985 yla obra maestra Victorialand del ‘86. Harold Budd es un extraordinario pianista estadounidense de la escuela minimalista de Riley y Young. Grabó con Brian Eno y Daniel Lanois el delicado y también océanico The Pearl y también ha trabajado con Hector Zazou. Generalmente graba solo y sus mesmerizantes arpegios en piano eléctrico son toda una marca registrada, la que ha sido catalogada dentro de la corriente minimalista como beautiful music. Este trabajo quizás pueda crear expectativas exageradas y en ocasiones parece que una cara fuera enteramente Budd y otra Cocteau Twins, pero los resultados son eficaces. Temas como Sea swallow me, (por favor no den ideas) o She will destroy you (por favor, insisto) reexponen la tersura de su enfoque pop característico mientras que la alucinante Memory Gongs y Why do you love me traen la belleza de la improvisación de Budd acompañado de la guitarra de Guthrie, el pianista describe figuras repetitivas en constante modulación circular, acentuando la facultad evocadora de su sonido, en el segundo la guitarra de Guthrie modula notas pedal acompañada de las cadencias de Budd. Me fascina Memory Gongs y juro que veo formas hiperdimensionales en el mar cuando escucho este tema cerca del oleaje.
2) Camberwell Now: All’s well: Para mí, la sorpresa del mes, me costó obtenerlo bastante así que lo llevé a la playa para audicionarlo al sol y me cautivó casi de inmediato. Los seguidores de This Heat quizás les parezca que esta es una continuación de Deceit (el mejor disco post punk de la historia) o una “suavización” del sonido industrial de esta gran desconocida banda. En verdad Camberwell Now es el proyecto subsecuente de Charles Hayward, baterista, cantante y compositor que además ha tocado en el super grupo Quiet Sun, en Hat Shoes con Amy Denio y Tom Cora y en la encarnación más reciente de Massacre con Fred Frith y Bill Laswell. En la entrevista que dio a Andrew King en el imprescindible Plunderphonics, Pataphysics and Pop Mechanics Hayward califica a esta música de “fuertemente atada conceptualmente”. Las características esenciales de esta banda de –infortunadamente- corta vida son letras de fuerte contenido político, bases pop con fuerte presencia de la batería, loops, drones y cintas gatillados desde el increíble switchboard, especie de pre sampler que conectaba un teclado a diferentes reproductores de cintas a cargo del ingeniero Steven Richard y el bajo granuloso de Trefor Goronwy que aparece a veces paneado creando interesantes texturas que contribuyen al efecto de trance al cual Hayward es tan afecto. Este disco en especial compila los esfuerzos de la banda en dos epés y un solo largaduración. La primera parte, correspondiente al EP Meridians, evoca al imperialismo británico y su decadencia (como enFor those in peril on the sea), que parece haber sido grabada bajo las aguas por los ahogados, naves a vela y viajes donde se ignoran las culturas con las que se negociará(Cutty Sark), buscadores de perla que por nula recompensa entregan estas costosas joyas que adornarán collares de mujeres en el viejo mundo, como en la bella e inolvidable Pearl Divers que parece haber sido grabada en lo profundo de aguas índigo. Resplash nos traslada a la visión de navegaciones bajo arduos días de sol, mientras que la segunda parte, en la que destacan The Ghost Trade y sus darmáticas ralentizaciones y la resemblanza étnica de Wheat Figures nos inundan de drama y emoción en medio de la alienación y comodidad de la violenta urbe. Voces grabadas de la tele, cambios de ritmo, electricidad saturada y texturas suspendidas provocan crisis y crítica en la mente, que serán continuadas por Hayward en sus notables álbumes solistas Skew Whiff, Switch on War y el íntimo Survive the Gesture, en este último, creo a través de la inolvidable Australia. Trip con alto contenido. Excelente.
3) Gavin Bryars: The Sinking of The Titanic. Lo recomendaron bastante algunos amigos y críticos entusiastas. Dado el boom de la sobrevalorada películasobre el malogrado trasatlántico opté por sepultar, literalmente , la idea. Había leído acerca de Bryars y revisado algunas de sus partituras. Me pareció en un principio uno de esos provocadores chantas de Fluxus, pero al leer la entrevista que Derek Bailey le hizo en su clásico libro Improvisation descubrí a un músico inteligente y articulado. Luego escuché The Sinking y su suave y descendente decurso me dejó extático. Aquí hay un maestro de los de verdad. El entramado conceptual que rige la obra, de partitura sorprendentemente abierta pretende registrar un hecho real: Durante el hundimiento del barco, el conjunto de músicos abordo opta por seguir tocando mientras se hunden. Ejecutan un himno presbiteriano, Autumn y no se detienen hasta su trágico final. Nadie piense aquí que esto es mera música programática o BSO imaginaria, no, la fantasía de Bryars lo lleva a concebir que los músicos siguen tocando mientras se siguen hundiendo en lo profundo del mar, para ello aunque la melodía se repite en las delicadas cuerdas en legato, una y otra vez en la hora y más de duración, las sonoridades orquestales se van enriqueciendo en densidad y profundidad; todo ello más la presencia de voces angelicales de niños entonando un amén que te pone los pelos de punta, pesados bronces llevando el bajo a subfrecuencias abisales, notas de blocs chinos reproduciendo el código morse de la llamada de auxilio del barco al momento del desastre, un lúdico clarinete bajo que parece un pez cimbreándose configuran la embriagadora atmósfera propia de toda obra maestra. Historia e imaginación iluminan un estado, una sensación, una voluntad, imposible no llenarse de lágrimas ante cada audición.
Y bien amigos, esos fueron nuestros éxitos del verano, ja. Entiendo que ni siquiera he transmitido un fragmento de mis emociones cada vez que oigo estas obras. Pero he dejado huellas al menos. Con el verdadero arte algo ocurre, no eres el mismo, aprendes de ti, y bajo el nítido oleaje, el sol amonedado, las aguas mesméricas, el Todo te sorprende, después de eso, que quiero que todo este 2007 sea posible. Dictum.
A propósito de una antología de nombre similar, Crooning on Venus hecha por David Toop para el sello alguna vez independiente y hoy vendido Virgin, me propuse compilar una serie de canciones que de alguna manera han acompañado la historia de mis obsesiones personales, ¿acaso Roland Barthes no ha definido así la literatura? y como yo soy un convencido más de que la vida es tan irreal tan onírica como una novela, que mejor que montar una imaginaria banda sonora que ilumine, oscurezca, corrija y aumenta nuestros pesares, errores y breves alegrías. Quizás la dé a conocer del todo (es larguísima, jefe) , quizás no... lo que me interesa ahora es precisamente el concepto que la inspiró.
El término anglófilo “crooner” me gusta en exceso, lo que atenta contra la hobjetividad tan cara a todo hintelekutal criollo. Es éste el viril relator de infinitas penurias y desengaños personales. Pariente creo yo del cantautor, pero más envuelto en la neblina etílica de un bar de madrugada que los predicamentos de la selva de cemento o la pradera manchada de explotación del hombre por el hombre. Esas son las clásicas historias acompañadas de vapores dionisíacos destilados o directamente robados de las uvas, que tan bien inducen a la reverie, como dicen los franceses, que tanto saben de estas veleidades.
El crooner tiene una larga descendencia, como el dolor que lo inspira. Ahí están Frank Sinatra, Engelbert Humperdnick, Charles Aznavour, Leonard Cohen, Peter Hamill o Tom Waits para demostrarlo. Muchos de los llamados songwriters adoptan a sabiendas o no este rol esta máscara o persona, (sinónimos, buen hombre) como una especie de encarnación arquetípica. Lo que distingue al crooner de la imagen clásica del poeta romántico a la Bécquer, por ejemplo, es que configura un discurso que es sufridamente confesional pero misteriosamente distanciado por una ácida ironía, un Hamlet que crea un pequeño teatro del cual se burla. Y más que recorrer una biblioteca impostando lágrimas es la experiencia la que lo provee copiosamente de ellas. Pero estas lágrimas no brotan de una mimesis espontánea sino autorreflexiva. Lloro y canto que estoy llorando. Convierto mi sufrimiento en una posición universal del hombre ante las cosas a través del arte y así trasciendo... o me salvo. Así, Robert Wyatt ese caleidoscopio secreto y glorioso tantas veces lo hizo pero creo que es más claro que el agua en Signed Curtain del primer disco homónimo de Matching Mole:
This is the first verse The first verse The firstFirst verse And this is the chorus Or perhaps is a bridge Or just another part Of the song that I am singing Never mind It doesn't hurt And only means that ILost faith in this song 'Cause it won't help me reach you...
Leonard Cohen, aquel vate glorioso registra en Hallelujah:
Now I've heard there was a secret chord That David played, and it pleased the Lord But you don't really care for music, do you? It goes like this The fourth, the fifth The minor fall, the major lift The baffled king composing Hallelujah Hallelujah Hallelujah
Una ironía semejante, pero dentro de su propio rol socialmente aceptado de músicos lo dan los Tindersticks en su balada homónima que aparece en su disco, que curioso, Curtains:
Taking turns having our photos taken Sitting in front of smoked windows Decanters of cheap whiskey in our hands Drive into Manhattan on a date with a starlet who's just talent That's what people pay the money to see Who are we to argue? Five hours now it's been going on And still we're watching all of it Can you really believe all this? Can he really lie in bed at night and marvel at his own genius? When do you lose the ability to step back And get a sense of your own ridiculousness? They're only songs
(Ideal para sangrones como Noel Gallagher)
John Cale y Lou Reed brindan la metapoesía más desgarradora en la autobiografía de su desaparecido amigo Andy Warhol en el muy recomendable Songs for Drella. Cada canción es parte a la vez de un responso y un respetuoso ajuste de cuentas. En el último tema Reed canta acompañado por Cale que lo hace a través de un contrapunto sublime con su viola:
Hello it's me, that was a great gallery show Your cow wallpaper and your floating silver pillows I wish I paid more attention when they laughed at you Hello it's me "Pop goes pop artist," the headline said" Is shooting a put-on, is Warhol really dead ?" You get less time for stealing a car I remember thinking as I heard my own record in a bar They really hated you, now all that's changed But I have some resentments that can never be unmade You hit me where it hurt I didn't laugh Your Diaries are not a worthy epitaph Oh well now Andy, guess we've got to go I hope some way somehow you like this little show I know it's late in coming but it's the only way I know Hello it's me, goodnight Andy Goodbye, Andy
Y last but not least, el inolvidable Phil Ochs, ese cantante gringo, amigo de Victor Jara que tuvo el coraje de ser allendista en plena era Nixon-Kissinger, asesinado en vida por la CIA y que acabaría colgándose, solo, abandonado y despreciado por todos, como los antihéroes de Onetti: El crooner también puede ser el fruto extraño que pende del árbol seco en medio de la plaza capital, pero este Cristo laico y descreído acaba absolviéndonos con su canción. Así revivimos, y nuestros sueños son más reales que lo que este mundo apenas si puede ofrecernos. Transcribo la canción íntegramente, Rehearsals for Retirement:
The days grow longer for smaller prizes I feel a stranger to all surprises You can have them I don't want them I wear a different kind of garment In my rehearsals for retirement
The lights are cold again they dance below me I turn to old friends they do not know me All but the beggar he remembers I put a penny down for payment In my rehearsals for retirement
Had I known the end would end in laughter I tell my daughter it doesn't matter
The stage is tainted with empty voices The ladies painted they have no choices I take my colors from the stable They lie in tatters by the tournament In my rehearsals for retirement
Where are the armies who killed a country And turned a strong man into a baby No comes the rabble they are welcome I wait in anger and amusement In my rehearsals for retirement
Had I known the end would end in laughter Still I tell my daughter that it doesn't matter
Farewell my own true love, farewell my fancy Are you still owin' me love, though you failed me But one last gesture for her pleasure I'll paint your memory on the monument In my rehearsals for retirement
(Si no sabe inglés, ¡¡aprenda!!)
Playlist croonístico: Es más largo, y el orden de aparición estrictamente aleatorio. Varios autores aparecen con más de un tema, pero prefiero algo de suspenso para más adelante si es que todavía quedan hipotéticos lectores de este enrevesado blog:
1.-Suzanne(Leonard Cohen): Puedo asegurar que una noche de verano estuve con ella... 2.-Memories (Robert Wyatt): ¿Quien no llora con ese solo de violín de Fred Frith? 3.-Life on Mars? (David Bowie): “Mira a los hombres de la ley golpeando al tipo equivocado”... 4.-Half Past France (John Cale): Sí, John, a mi también la gente me aburre todo el tiempo. 5.-Old and Wise (Alan Parsons Project): La terrible anagnórisis de la sabiduría a las puertas de la muerte y un solo de saxo final imposible de olvidar. 6.-Song to the Siren (This Mortal Coil): Liz Fraser y David Lynch se me aparecen en sueños, todavía no puedo creer que Lost Higway exista. 7.-Seaweed (Tindersticks): Al borde del mar, recojo piedrecillas para tu fantasma... 8.-Epitaph (King Crimson): El destino del cual creemos huir, siempre vuelve 9.-By this river (Brian Eno): No creerías lo que me pasó al borde de esas aguas... 10.-Dark Matter (News From Babel): Lindsay Cooper y Chris Culer siempre nos han regalado gemas del más puro valor vanguardista, pero esta increíble balada mid tempo une el cielo y el infierno en tres minutos. 11.-Sunday Morning (The Velvet Underground): ¿Oyes esa voz que te llama en la calle? Amigo mío, no te des vuelta... 12.-Lucky Day (Tom Waits): ¡Es que el consejo que le da el padre al hablante es de antología! 13.- From Now On (Supertramp): Desde siempre sólo fantasía es lo que se puede vivir... 14.-Sexy Sadie (The Beatles): ¿Que tan grande te crees, babilónica ramera? 15.-Perfect Day (Lou Reed): Tan solo no has estado, viejito, te lo aseguro 16.-Faith (The Cure): Claro que hoy por hoy, no nos queda más que eso 17.-Sometimes (My bloody Valentine) “No sé por qué mis pies huyen del suelo”, ¡genial!
PD prescindible: Se me acusará por millonésima vez de anglófilo desarraigado, sudaca resentido, etc etc. Para lo que me importa el accidente del nacimiento carnal...
Me ocurre por estos días un fenómeno raro ,(en mí al menos) cada vez que salgo del profano laburo, experimento una angustiosa necesidad tipo Howard Hughes de volver
a casa lo más a prisa posible; hostil y tediosa me parece la calle, quizás por el smog, los tacos o por la ola de miedo que se extiende en este país virtualmente a manos de delincuentes comunes, de esos “angustiados” que te apuñalan en una esquina oscura u operan una mesa de dinero bancaria... No hay caso, Humberto Giannini escribe que la calle es el lugar del caos y lo incierto, el hogar es el templo de la paz y el orden. Envejeciendo? Puede ser, tengo 32 años y una familia que depende de mi habilidad para conservar un trabajo y, vamos, ¿quien no pide un poco de quietud, un poco de ruptura con el “yugo”? (sistema en copto, mirá vos) Revisito No surprises de Radiohead, ¡vaya que certero delirio el de Mr. Yorke! Uff, octubre prometía bellas tardes de primavera con flores, niños bajo el sol y todo eso, pero en lugar de eso, hace frío y los fastidiados laboratores de esta urbe que se traga a sí misma nos queremos ya bajar de este colorinche carrousel neoliberal de una vez por todas.
Una bella amiga, que encuentra este blog muy hintelektual, me dijo en un sonriente correo que mirara la cordillera, mágicamente iluminada por los caprichos malva y ocre de la tarde (este bello florilegio va por cortesía del hautorrrrr)y, bueno, lo hice, vamos que en Santiago la Cordillera de los Andes está el frente y... hey! Funcionó! En la enorme extensión nevada aún de sus montañas no sé cómo imaginé la sonriente, discreta, inmortal faz de Robert Wyatt.
We are not alone
Ahora vuelvo a sentirme feliz y me reclino respirando hondo en mi sofá, con la caja del cedé de Rock Bottom en las manos y los primeros acordes de Sea Song sonando en mi equipo. Como la primera vez que lo oí, habrá asombro, temblor, lágrimas y silencio, además de uno de los mejores discos de rock de todos los tiempos. Esto no lo invento yo, pregunte a todos los expertos de verdad en música pop, (esos que rara vez son latinoamericanos, con excepciones bonaerenses). En todo caso, adquiera su ejemplar editado por Thirsty Ear en las buenas casas del ramo y verá:
Hablar de Robert Wyatt me llevaría hacer como diez blogs y sé que el tiempo es dinero y blablabla porque no tienes tiempo y te urge apretarle play a tu pen drive en el que ya escupen The Strokes o algún bodrio así, ok, ok. Digamos que este genio nacido en Canterbury es como un mago catalizador, lo semejante produce lo semejante, exclama, cual Merlín (mire la foto, buen hombre) y ha logrado asociarse con lo más selecto de entre los más grandes músicos de vanguardia de Inglaterra: Daevd Allen, Hugh Hopper, Fred Frith, Carla Bley, Michael Mantler, Brian Eno, Chris Cutler, etc, etc. Colaborador activísimo junto a Gong, Henry Cow, Hatfield and The North, Centipede, Amazing Band, etc, etc Que no te suenan... hey, ¿dónde has estado todos estos años?
Al borde de los siete mares con el Capitán Wyatt
Wyatt es un músico que vivió dramáticamente un antes y un después. Baterista demencial, intuitivo, fundador de nada menos que Soft Machine y Matching Mole, referentes obligados del mal llamado Rock Canterburiano y que dio las mejores obras de la música progresiva, (sí, mejores que tu grupo mula promedio), sensible vocalista y experimentador influido por Stockhausen, la músique concrète, el jazz de Charly Parker, Thelonius y Trane. Un tonto accidente lo deja en silla de ruedas en 1973. Pese al dolor, Wyatt se reinventa construyendo poco a poco, como una catedral gótica, una sólida e impresionante carrera solista. Su bella voz, la más triste del mundo a decir de Ryuichi Sakamoto , acompañada por texturas que hermanan misteriosamente el soul con la venia más free del jazz europeo, nos regala joyas como Dondestan, Shleep, Old Rottenhat y en especial, Rock Bottom, de 1974.
El disco abre con Sea Song, como dije, un sereno tema en 2/2, acompañado de las bellas texturas empapadas de reverb del mítico teclado Riviera, incluye un solo de piano extendido al medio y luego, cuando Wyatt canta el verso final We’ re not alone, un coro de mellotrons y sintetizadores acompañan la más conmovedora declamación que Wyatt haga, un llanto que no es de este mundo, Wyatt llega al extremo de su registro, nos desgarra su corazón y nos ahogamos en el mar de lágrimas que no podemos controlar, porque no son nuestras, son de nuestro espíritu perdido en el más cruel de los errores cósmicos y que clama por volver... Apenas nos recuperamos cuando se larga en A Last Straw y el juego de hamaca de la batería de Laurie Allan, el bajo de Hugh Hopper y el pequeño Riviera ilustrado, que nos rescatan de nuestro naufragio y nos trasladan a la cercanía de otro mar, el mar de niños pequeños que juegan junto a las olas de la tarde de la Edad de Oro, Wyatt teje una caprichosa viñeta de un viaje bajo el mar y luego sorprende con un fraseo elástico y elegante de guitarra con glissandos que no oiremos nunca más de sus dedos de alga marina rebozante de medusas, porque el niño que como Brian Wilson vive todavía dentro de él, juega con la escala cromática del piano en descenso a las notas últimas del registro grave para dar paso al millón de ángeles con trompetas en los que Mongezi Fesa se convierte para dar la solemne entrada de Little Red Robin Hood Hit The Road, y su marcha de nubes que son ballenas de ozono desgajándose caóticamente mientras Wyatt quiere pelear, porque lo sacan del abismo rocoso, quiere discutir quiere romper algo porque quiere ternura, porque quiere brazos de mujer, quiere que lo perdonen, pero apenas lo notamos cuando la nube de ángeles se convierte en batalla, cenit y nadir calipso en lontananza. (En Concerts, Wyatt repetirá la magia en vivo esta vez junto a Henry Cow, que versión gloriosa, ¡qué acorde de climax!)
Al cortejo de nubes y olas del cosmos, Wyatt contrasta una voz que inspira y expira el nombre de Alifib su eterna compañera, el Eterno Femenino se vuelve aliento de vida, es el hombre respirando desde la mujer, mientras las lágrimas de una emoción que amenaza por arrojarnos de la ventana cuando el bajo de Hopper desliza el más sublime solo, nostálgico, de calidez, de semblanza de amores tiernamente olvidados, mientras Wyatt bocetea notas aisladas como contrapunto, y luego el niño vuelve a cantar trayendo no al hombre ofuscado de Little Red Robin sino al que se divierte juntoa Lewis Carroll y Edward Lear, con su glosolalia de azúcar o con las jitanjáforas de miel del Finnegans Wake, si estamos soñando a qué las logomaquias vanas de la vigilia, decimos, mientras un acorde cambia inesperadamente, se eriza la piel y entonces es Alifie, donde un repentino acelerando en el meloso clarinete bajo de ese kraken sinuoso se llamado Gary Windo se torna frenético saxo tenor en un solo extendido que de pronto es el lecho de los amantes en el vertiginoso juego del sexo que finalizará en el orgasmo más hermoso de la historia de la música, con una Alfie que, dulce, mece al niño hombre Wyatt que retorna al sueño, la edad de oro...
Pero, ¡esperen!, es Little Red Riding Hood Hits the Road y un altísimo y dramático acorde nos arroja contra la pared, y estamos en el jardín inglés y en medio del laberinto de guitarras de Mike Olfield (antes de ser el gangster de poca monta que le robó la melodía de Tubullar Bells a Christian Vander) y la batería de Laurie Allan que se despeña, Wyatt quiere buscar al topo muerto bajo el follaje, ese topo que es él, se siente injustamente olvidado, quiere hablarte, ¿puedes verlo? ¿oirlo? te interroga áulico y queremos contestarle pero el alto acorde las guitarras y tambores serpenteantes parecen llevarse para siempre a Wyatt a la penumbra y luego...
Si mi equilibrio mental apenas se mantiene al llegar a este punto, en esta sección de la pieza y final de la obra ya no sé quien soy... Porque un sereno acorde de sobretonos de concertina y la viola nada menos que de Fred Frith, crean la oquedad de neblinas para que Ivor Cutler y su especialísima declamación escocesa relaten con dramática anagnórisis donde está ese hombre niño, llorando, inmóvil junto al televisor que ha roto, el hombre y el puercoespín vagando junto al camino, cuando cae el sol, y las notas de un bello solo de Frith con el cual no puedo dejar de llorar a mares y cuando el hombre niño destroza el mentiroso televisor con el más mentiroso teléfono... la viola de Frith entra de pronto en otro solo extendido que concluye con una sardónica risa pero breve de Wyatt cómo diciendo “Te sorprendí”...
El resto es silencio, el universo abre sus puertas y las palabras qué pobres son ante la música, mejor callarse, mirar la cordillera y reverenciar la infinita montaña de Wyatt allí, donde sale el único sol en el que creo.
(Esta historia continuará)
Hallazgo o lo mejor para el final: Video de la infame actuación de Robert Wyatt en Top of The Pops, (fíjese en la media banda que lo acompaña, jefe)
Hipertextografía:
Semblanza de Robert Wyatt, incluye videos recientes: