Oxford, los jardines que inspiraron a Lewis Carroll
Vengo regresando de un postergado viaje. No por mi voluntad, claro, que de transeúnte, señora, vaya si tengo ejercicio y condición. Los arcontes, usted sabe, patrullan incesantemente las aduanas del espíritu y escapar de sus ojos de buitre no es fácil. Pero aconteció que, finalmente, crucéelcharco dejé atrás las ominosas montañas andinas, la infinita selva brasileña y durante la noche las pléyades guiaron al pájaro de plata ibérico a “la inquieta Europa”.
El destino final sería ese amable y verde museo al aire libre que es Gran Bretaña. La bella Edimburgo y la metrópoli definitiva de Londres sellaron mis pasos absortos y ebrios de asombro. Palidecen las baedeckers y travels and livings de este mundo ante el paseo del ojo desnudo. El viaje, dice Joseph Campbell, transforma al héroe, quien, al fatal e inevitable regreso, se sumerge en la laguna Estigia de la otredad y su destino queda trazado hacia la luz o el abismo. Qué de cosas he visto, diría como el hablante alucinado de Ecuatorial de Huidobro: Escocia es una doncella feérica oculta entre el bosque fragante y la piedra negra, Inglaterra, la casa de las rosas y los castillos, la intriga y la gloria.
Hollyrood Park, Edinburgo
Había música en todos lados, orquestas y bandas se voceaban infinitamente aquí y allá, tiendas insólitas prodigaban partituras y discos sin medida, musicales ofrecían orquestas rigurosamente en vivo y actrices hechas a mano por la mismísima Cipris, como en Chicago o The Ghost of The Opera de Lloyd Weber (era de rigor en Londres), buskers asombrosos regalaban melodías en instrumentos rientes y sardónicos como una animada gaita esquinera en Edinburgh, un zither pensativo en Durham, unos steel drums sinfónicos en Bath o un dueto londinense de cuerdas de Bach en un túnel de Southwark bordeando un Thames orgullosamente intemporal...
Unknown Pleasures, Saint Andrews
Unknown Pleasures, una disquera de Saint Andrews situada en una casona del siglo XVIII me deparó a Anthony Braxton y la Creative Music Orchestra de 1978, una caja con la integrale de Nick Drake, Laughing Stock, el increíble testamento de Talk Talk un par de vinilos de Magma(!) y un largo etc. En Bath y Oxford tiendas numinosas me tentaron con las piezas de piano de Takemitsu editadas por Naxos y las Klaviertsücke de Stockhausen completas, sin embargo opté, dolorosamente, por las partituras de L’Histoire Du Soldat (anotada!), la Symphonie Fantastique y por supuesto las Eight Songs for a Mad King de Peter Maxwell Davies. Evidentemente, estuve en el gabinete de George III en el British Museum y su increíble colección de relojes. Sin embargo, me quedé con las ganas de hacer el peregrinaje a Louth, para ver a Robert Wyatt pero me llevé, desde Fopp! su última, sentida e iracunda joya Comicopera, tampoco pude ir al Barbican y sus múltiples conciertos, pero en fin, ni Roma (ni Londres) se hicieron en un día. Puedes caminar en estas tierras, sin temor, te saludarán lo árboles, los palacios y la belleza de sus mujeres, quienes, a diferencia de nuestras tiesas y malhumoradas chilenas, devuelven la sonrisa cuando las admiras.
Dándole a las pailas este maestro en Bath
En el Victorian Albert Museum hay una sección de instrumentos musicales antiguos. Premunido de la clarividencia del viajero, casi puedo oír el eco de hurdy gurdies, spinets virginals, barrel organs, oficlides y tantos otros en calles barrocas, iglesias góticas o plazas del mercado. Estas son algunas de esas joyas que alegraron a los transeúntes hechizados por el melos de otro tiempo:
En un voluminoso, y algo ambicioso, tratado sobre filosofía y música, Fubini incluye un interesante pasaje de Hanslick, aquel célebre enemigo de Wagner, en el cual, al referirse a los fundamentos que debería tener una pieza musical de real logro estético, recalca, como condición sine qua non su espiritualidad; en líneas simples -equivocada a veces, visionaria a otras (fue, al revés un propagandista entusiasta de Brahms)- señala que la música sin una base espiritual simplemente se vuelve algo vacuo y meramente efectista, si, en cambio, se centra en un horizonte trascendente la postulación de una forma sonora efectivamente adquiere valor. Ahora bien, esta espiritualidad no tiene por qué explicitarse en el logos cantado, como lo prefería Goethe, la “teología acústica” de Bach es la prueba de ello. En la música, forma y contenido son uno: La espiritualidad puede encontrarse en la misma forma del discurso sonoro. Pienso que, con la devaluación del logos en occidente, la experiencia mística de la música aún sigue comunicando exitosamente lo trascendente.
La actitud de Christian Vander, vista de esta perspectiva, me parece de una consecuencia notable. Siempre he sostenido que el rock carece de crítica seria en los medios, (Simon Frith como excepción notable), y pocos son los estudios serios sobre el aporte compositivo del autor de Kohntarkösz. Vander inventa una “nueva” lengua, desconfía del discurso verbal racional y busca un lenguaje que apele al receptor a través de sus significantes, insertos directamente en la articulación de la música y que comunican exitosamente, para el receptor adecuadamente dispuesto o “sintonizado”, semejante experiencia trascendente. He citado la glosolalia de los ritos de las iglesias negras en EEUU o el final del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz en este sentido. El kobaiano es una lengua que viene a solucionar los problemas semánticos porque pretende comunicar en su ritmo y articulación sentimientos e intuiciones profundamente arraigadas en el inconsciente colectivo. La diferencia con otras experiencias catárticas del rock como, por ejemplo Gong, Hawkwind o Grateful Dead es que esta fuerza espiritual no es conformista, cínica o escapista, sino que critica abiertamente, educa, quiere liberar mentes acomodadas en el negocio psicosocial de la música comercial, de ahí su peligro y la injusta postergación de los medios.
Quiero dedicar varios artículos a comentar algunos discos que estimo imprescindibles dentro de este proceso. Vander programó su grabación como una secuencia conceptual en torno a Kobaiä, Kohntarkösz y otros mitemas que retratan la lucha espiritual de la luz, el conocimiento, la libertad y la tiniebla de la ignorancia. Más allá del bien y del mal, Magma postuló una idea, una actitud, que iban más allá de la sensualidad chauvinista del rock o del virtuosismo vacío del jazz. Véase en este sentido, la carátula del infravalorado disco Udü Wüdü, diseñada como muchas portadas por el mismísimo Klaus Blasquiz.
1001 Centigrades o la verdadera génesis de la zeuhl musique
Tras el comienzo un tanto misceláneo del primer disco, a excepción del notable tema Stoah, la identidad sonora de Magma comienza a perfilarse con mayor integridad en este disco publicado por Phillips en 1971. El primer tema es firmado por Vander y los dos restantes por el trompetista Teddy Lasry y el tecladista Francois Cahen; éste último, con el reedist Jeff Seffer, dejará luego la banda para formar el destacado spin off de la zeuhl que es Zao. Ambos temas, "Iss" Lansei Doia y Ki Iahl o Lihak, respectivamente , están más en la línea del jazz rock señalado por Soft Machine, aunque el sincretismo folklórico europeo se acentúa ya con personalidad propia, como el ciclo de quintas y la marcha militar que destaca en "Iss" Lansei Doia . Relativo a esto último, no es difícil presumir que los malentendidos sobre el supuesto carácter nazi de la música de Magma vienen de este tema, acentuado por las voces de mando en kobaiano de Klaus Blasquiz, de lejana raíz centroeuropea, es cierto, pero en ningún caso pretendiendo ser banda sonora de nuevas hitlerjugend de ninguna especie. Lo que realmente interesa es que, por vez primera, se escucha un disco de rock europeo que nada le debe a las influencias negras del invasivo pop de los EEUU e Inglaterra, cortesía del bombardeo mediático del Plan Marshall. Bueno, es mejor eso que ojivas atómicas, supongo…
La búsqueda por un sonido propio se hace evidente en el tema que Vander aporta para el disco, Riahh Sahïltaahk, que ocupa la antigua cara uno del disco. Este tema, estimo, es la mejor introducción a Magma, pues incluye una serie de elementos característicos del sonido zeuhl: Numerosos e intempestivos cambios de tempo, signaturas de tiempo inhabituales, polirritmos, estructura acórdica donde predomina la modulación y el obsesivo énfasis en la repetición de tritonos; todo lo cual me sugiere que Vander unificó numerosos trozos dispersos de composiciones inconclusas, (repetirá esta fórmula varias veces).
Este disco será de decisiva influencia para el rock francés posterior: Las marcadas líneas de bajo de Francis Moze anticipan el trabajo de Thierry Tzaboitzeff en Art Zoyd, y en el de otras bandas como Heldon, Univers Zero, Shubb Niggurath, etc. También es posible encontrar armonías de resabios bartokianos y orffianos como el marco que sustenta las angulares melodías de Vander, las que incluyen dramáticos saltos de octava y que requieren muchas veces del uso de técnicas vocales extendidas. En el caso de Klaus Blasquiz, voz líder de Magma en la primera parte de la historia del grupo (hasta Ataahk, de 1977, disco en el cual Vander asume totalmente la voz principal) ya en este trabajo abandona el gesto bluesero de su voz, que llena todo el primer disco, para utilizar su dotado registro en diversos falsettos, multifónicos y vocalizaciones de estilo folklóricos, salidas de su propia herencia vasca, esto último a sugerencia del propio Vander. Lo apoya decisivamente éste último, con ese vozarrón que no se olvida fácilmente. Los teclados de Cahen y los bronces doblados por Lasry y Seffer , aportan puntual contenido armónico a las articulaciones afiladas del tema, contrapunteado por la siempre contundente batería de Vander, quien, a su vez sorprende con delicadas líneas de piano que sirven como contraste a la brutal intensidad que predomina en gran parte del tema.
En Riahh Sahïltaahk, surgen, en resumen, los componentes de tesitura característicos de los discos posteriores: Primacía del bajo y la batería en la mezcla, arpegios repetitivos en teclados rhodes, ostinatios marcatto en el piano, tratado más percusiva que melódicamente, bronces y ocasionales guitarras apoyando la base armónica, rol frontal de las voces comandadas por Blasquiz y Vander que agotan la gama de registros de la voz humana una y otra vez, ya sea con los agudísimos falsettos de Vander o los sobretonos debajo de la octava grave de Blasquiz. Ambos cuentan en este disco la segunda parte de la saga de Kobaia, cuando los Eternos deciden volver a la tierra a comunicar su mensaje redentor: El arrepentimiento o los 1001 centígrados de calor solar que recibirán si no cambian su rumbo perverso. Como para que tiemble Bush y sus halcones, hoy devenidos en meros pajarracos de cuenta. La potencia telúrica del disco se complementa con esta clara admonición para el espíritu. Burlarse de este mitema es fácil en la era del zapping y la actitud blasé, es mejor elegir entender. El discurso cuestiona, la música hace el resto.
El disco en su conjunto trae el despliegue rítmico propio del mejor virtuosismo instrumental, pero sin caer en el vacío que caracterizó al jazz rock posterior (instancia cuya mezcolanza extrañamente tardía debe adjudicarse no a Miles Davis, sino a Zappa y a Soft Machine), como dijimos, la música está al servicio del poderoso concepto introducido por Vander, quien, a la manera de Sun Ra y Albert Ayler, a la manera del perseguidor del cuento homónimo de Cortázar, busca que la música guíe la energía ciega de la voluntad hacia el camino a casa: La libertad, más allá del cosmos.
Los vulcanólogos dicen que una erupción ocurre cuando el magma se acumula en las entrañas del volcán y satura cierto nivel, entonces se libera, arrojando su energía incontenible hacia el cielo y la tierra transformando su entorno dramáticamente. Cuando Christian Vander visionó este concepto hacia 1967 sin duda sabía qué potencia visceral es la que el mundo necesitaba para despertar de su letargo. Hoy el rock, vacío, mediocre, reducido a ser un mero placebo enlatado, necesita que ese volcán una vez dormido ruja en su abúlica cabeza.
Me entero hace un par de horas del deceso (o mero abandono del cuerpo) de Karlheinz Stockhausen, maestro de generaciones, figura inseparablemente ligada al desarrollo del arte musical de la posguerra, polémico, lúcido e infatigable buscador de nuevos sonidos, el autor de Gruppen, Licht, Kontakte, Mantra, Stimmung, Inori y tantas otras maravillas acústicas, verdaderas visiones sonoras que redefinieron no sólo la manera de hacer, sino la de oír la música. Stockhausen nunca renunció a una búsqueda personal del sonido y su enigma, condenó los “flojos dogmas de la imposibilidad” de los febles intérpretes que eran incapaces de leer sus partituras, utilizó todos los medios acústicos y electrónicos de los que dispuso para hacer tangibles, al menos en parte sus ideas, inagotables como las aguas de un torrente; fue pionero del serialismo y de la música electroacústica, sacó las mejores lecciones de todas las corrientes de su tiempo y reinventó la indeterminación, llevó el moribundo arte de la ópera a otro nivel, mediante el concepto de Urgestalt o formula ritualizó la búsqueda de la vibración como núcleo íntimo que enlaza bellamente al microcosmos de sus ondas con el macrocosmos incluso más allá de este planeta,y en fin, un largo etcétera. Como pocos, Stockhausen hizo de la música un arte auténticamente sagrado, pero altamente personal, sin credos religiosos convencionales y por ello, universal, disponible para todos aquellos oidos generosos y atentos.
Sin embargo, este Wagner del siglo XX fue, como el encantado visionario de Bayreuth, blanco de todo tipo de críticas y mal entendidos, su música creo no tiene el reconocimiento y difusión que merece (¿quien necesita a Leonard Bernstein, al autoplagiario Phillip Glass o al aburrido Penderecki reciente?) De acuerdo, señores de epidermis sensible y oidos sordos, puede ser que las propias actitudes de Stockhausen o su discurso tan mal leído hayan incidido en ello, pero no importa, Kappelmeister, deje que los penosos fariseos sin talento ladren y prosiga su viaje a Sirio. Quizás Sun Ra, o Giacinto Scelsi lo esperan para hacer juntos un gran concierto de vibraciones de belleza y encantamiento en un próximo eón, donde sí tendrán la aclamación unánime que merecen, la de Eva, Michael o Lucifer y los otros seres sagrados que definitivamente ignoran este pobre versión del universo.
Defunctus Adhuc Loquitur!
He aquí una entrevista con Stockhausen en los setenta. Si se han perdido su música, en la página del maestro les dirán cómo conseguirla, las disqueras pagadas por los reaccionarios de siempre difícilmente se las venderán a un precio decente.
Epílogo:
Sueno ofuscado, claro, por la estupidez de medios que se negaron a llevar su obra y palabra a más personas y sólo divulgan nimiedades para adolescentes y semianalfabetos, o la última churrigueresca versión de Aida, pero yo sí me siento orgulloso de haber conocido y disfrutado su música y haré lo que pueda para que más corazones inquietos gocen del mismo vértigo cósmico que yo. Auf Wiedersehen, Kappelmeister.
Página web del maestro, incluye un memorial en pdf
Parte I Ataahk Estoy de acuerdo, definitivamente la música de Magma no necesita NINGUNA vindicación para todo aquel que tenga mínimamente oídos, una vez oída la Zeuhl Muzik,- tal es el nombre de su increíble estilo-, o bien la amas o la odias, pero su calidad te será innegable. Como decíamos ayer –me gusta esta expresión unamuniana- burlarse o despreciar es fácil, es mejor entender, sobre todo si te has documentado algo para opinar. Digámoslo de una vez, para entender el discurso musical del francés por adopción y kobaiano de nacimiento Christian Vander, el auditor NECESITA tener un acercamiento previo a otras tradiciones musicales, una vez entendidas como éstas se integran en la original sonoridad del Zeuhl, entonces, lo aseguro, ya no le será sencillo a los duros del rock descalificarlo. La verdad sea dicha, he escuchado diatribas contra Magma en todas partes y de todos los tipos, de acuerdo, no es tu fácil y cómodo metal sinfónico a la Rush y su manga de clones, ni tu eternamente sufriente Pink Floyd, no, viejito, es música de verdad.
Announcement Sólo te pido unos minutos, exasperado lector, dado que me he topado con tus “íconos” musicales (estoy super preocupado) para reseñar en qué consiste la mágica música de Magma. Christian Vander, notable, inspirado y sensible músico, estudió formalmente piano y canto, tuvo lecciones de trompeta nada menos con Chet Baker y su instrumento base, quizás el eje maestro de su sonido, la batería, lo aprendió a perfeccionar nada menos que con Elvin Jones, (sí, el mismo señores connoseurs de jazz que tan poco saben del mismo), que tocara los parches junto a John Coltrane, padre espiritual de Vander. Para aquellos que recién se incorporan a nuestras transmisiones digamos que Coltrane, ese magistral saxofonista, había pasado del cool jazz inflamado de cocaína de Miles Davis a una profunda búsqueda espiritual, que se refrendará en esas espléndidas visiones sonoras que son A love supreme, Stellar Regions, Meditations, etc. (Se dice que esta conversión del autor de Olé vino cuando vio en vivo a Sun Ra y a su sideman John GIlmore, el que tenga oídos para oír que oiga…), ¡cuántos músicos verdaderos no han descubierto el sublime vínculo de las vibraciones y lo trascendente!
Kobaiä Iss de Hundihn
Esa trascendencia, ese compromiso íntegro, ese amor devoto por la música marcarán a Vander de por vida. Decía un poeta que todos dialogamos con una vasta hermandad en nuestras cabezas. En la mente infatigable de Vander parlamentarán sus ancestros centroeuropeos, su admiración por las músicas de esos países, además de la presencia áulica de Wagner, Orff y el Stravinsky de Les Noces, que se coligarán a la fuerte influencia del jazz modal de Coltrane. Ello se reflejará en el trabajo rítmico, armónico y vocal, tan importante, de Magma, la banda que Vander crea tras la muerte de Coltrane, ( que lo deja devastado). Premunido de profundas ideas sobre el hombre y el cosmos, a los que siente amenazados por el apocalíptico abismo al que nos despeña la cruel ambición finisecular, Vander revestirá a Magma de una compleja línea conceptual. Nace entonces la historia de Kobaiä, planeta al que huyen los sabios de la Tierra tras una futurista autodestrucción, y a la que vuelven luego para intentar redimir, nace Kohntarkosz y su odisea para encontrar a Ehmenteth-Reh el Verdadero Maestro, nacen los Orks y las aventuras de Urgo y Gorgo, etc. Cada disco contará fragmentariamente estas historias, formando un todo, cantada en una lengua propia, el kobaien, la lengua para acabar con todos los problemas semánticos, como la definirá Klaus Blasquiz, ese gran partner de Vander, vocalista extraordinario, imprenscindible en las mejores alineaciones que Magma ha tenido por años (las que, por lo demás, incluye una lista del who is who del jazz francés, porque digámoslo, fue Magma ( con Gong, por cierto)la banda que dio inicio al auténtico rock francés… y europeo, lejos de la enorme –y aplastante- influencia del mainstream angloamericano).
El kobaien, como señala Vander, le viene por canalización cuando compone o improvisa, él no lo ha inventado o gramaticalizado a la manera del esperanto o el volapük , puede comprenderse, como acertadamente se ha señalado, como una variante idiosincrática del scat que usan los músicos de jazz que cantan (yogurt, le dicen los jazzistas franceses) añadido a una fonética semejante a las lenguas centroeuropeas, ello por las vocales, las erres uvulares, el carácter aglutinante de las palabras como en el alemán, etc. Creo que es una lengua que apela más al inconsciente por su fuerza expresiva que a lo racional, como una especie de glosolalia armónica y ordenada. Vander, como puede verse en algunos videos suele entrar en trance mientras canta (¡¡ese falsete estremecedor!!), lo que me parece prueba esta tesis.
Da Zeuhl Wortz Mekanik
La música zehul, como la bautizó Vander es una compleja fusión de jazz sincopado, armonías basadas en escalas pentatónicas y quintas disminuidas y melodías repetitivas y fuertemente rítmicas como las de Orff y las del Stravinsky de Les Noces, com dijimos, modalizadas en ciclos armónicos –rasgo musical muy francés por lo demás- e integradas dentro de complejos entramados de polirritmos y signaturas rítmicas inhabituales (7/8, 4/3 como en el himno glorioso Hhai.) A esto, agrega las tesituras de una batería que tiene un rol incluso armónico muchas veces, la fuerte presencia del bajo, y del omnipresente piano fender rhodes. La potencia, el volumen y energía vienen del rock, pero la guitarra queda relegada a favor de líneas fuertes y protuberantes de bajo y del teclado que viene heredado de Soft Machine, banda más influyente de lo que muchos imaginan.
Entonces tomamos jazz en las bases rítmicas, un bajo rockero en primer plano, monstruoso en las manos de un Jannick Top o un Paganotti, teclados que marcan un punzante ostinatio que reciben las complejas líneas melódicas cantadas por Vander, Blasquiz y numerosas voces femeninas entre las que destaca Stella Vander, terciados por bronces en la primera etapa de Magma, luego por sintetizadores y guitarras eléctricas, sabiamente orquestadas. Diríase que la totalidad de la música de Magma oscila entre una base repetitiva, de trance, líneas melódicas angulares moduladas intercaladas por energéticos solos en los que los virtuosos sidemen de Vander lucen sus habilidades (aunque en una entrevista Blasquiz dijo que más de un solo, como el del violinista Didier Lockwood en el interludio Mekanik Zain, fue escrito por Vander nota por nota) Himnos triunfales, épicas batallas entre la luz y las tinieblas, cantos de adoración al Kreuhn Kohrmann, El Profeta, dulces baladas donde también aparece la influencia de los negro spirituals (otra música de trance, pero domesticada por el cristianismo), etc. Magma ofrece el infinito calidoscopio del asombro, la búsqueda y la unión de la pulsión más dionisíaca con los más diáfanos impulsos espirituales, vean su logotipo, a todas luces memorables, como todos los discos del maestro, Zëbehn Strainn De Gustaah…
Quiero comentar algunos discos de Magma que tengo a la vista en este minuto, pero el tiempo se me agota y tu paciencia también lector, por ahora te dejo con un par de videos para vuestro deleite, kobaianos, ah y claro, con algunos links buenos de rigor…
Sí, volví, pero recojo el guante, me dicen que el blog es muy largo, una bella amiga sugiere, “escribes haaarto”. Mal presagio en la era del condensado y del prepicado. En fin acometolavigorosasíntesis...
A comienzos de los ’70, John Cale produce el disco Marble Index de Nico. La belleza gélida de sus letras, la conmovedora voz de contraalto de Nico, sorda de un oído y a punto de desafinarse a cada segundo, sumado a los exquisitos arreglos de Cale que toca todos los instrumentos, salvo el armonio que Nico usará hasta el final de su carrera, nos llevan a una sensación doble de vértigo y cercanía con lo sublime, aura, como diría Walter Benjamin, como al contemplar esas clásicas y distantes estatuas griegas, que una vez que las miramos no podemos olvidarlas jamás
Para 1973, Cale está de vuelta en Gran Bretaña y graba el que ha sido considerado el mejor largaduración de su carrera, Paris 1919, letras bellas aunque crípticas, que toman como modelos a Dylan Thomas, Graham Greene (hay un tema homónimo en el disco) y la película Sunset Boulevard. Cale ha sugerido que temas de alta política se tratan crípticamente y eso habría originado toda una persecución en su contra (tengo mis dudas, pero en fin...). Aún así creo que en este disco, Cale logra una factura estética de calidad excepcional, The Wire lo incluye entre los 100 mejores discos de la historia ( y del que el mundo no se enteró) Son nueve temas de pop perfecto, sabia y sobriamente arreglados y sus melodías las llevamos en la cabeza por días, como las de Robert Wyatt o el Nick Drake de Pink Moon. Así ocurre con la “sinfonía de bolsillo” que da título al disco, una especie de out take de Pet Sounds a la inglesa, un estribillo de gran belleza -que creo basado en la leyenda del diablo con el tambor de hierro-, un fraseo estrófico elegante acompañado de un notable staccato de cuerdas que cede paso al remanso orquestal de un puente dominado por un solemne corno. La complejidad orquestal también aparece en los juegos rítmicos de A Child Christmas in Wales y la desesperada Plain Wheel of Fortune, aunque la tranquila e irónica Hanky Panky Know How y el inolvidable y sencillo fraseo modulado de Andalucia aportan al Cale baladista e íntimo, quien en Half Past France confesará la contradicción del hombre que está en todas partes y ninguna, a quien finalmente la gente siempre acaba por aburrirlo. No sé por qué me recuerda a alguien...
A mediados de los ’70, sin embargo, la imagen dandy que Cale muestra en Paris 1919 cede paso al desgarrador y torturado rockero de discos como Fear,Slow Dazzle o Helen of Troy, que brillará quizás más que nunca en canciones inolvidables como Choral Moon, I´m not the Loving Kind, Búfalo Ballet, Emily o Close Watch ( se me parte el alma cuando las escucho, ¡¡como tan masoca!!). Pero junto con ello aparece el guitarrista podrido y maldito de Sabotage, la terriblemente autobiográfica Guts, el grito primario y demoníaco de Leaving It Up to You o Mercenaries Ready For War, la ironía sensual de Helen of Troy, Pablo Picasso, Dirty Ass Rock’ n Roll, etc.. Enmascarado como un Jason Vorhees con overol y una guitarra PRS o con un casco de seguridad y megáfono en mano, inventará el shock rock antes que Alice Cooper y el gordito trucho de Ozzy (sí, señora nuestro galés luciferino, que aprendió a tocar el armonio en una iglesita local de Swansea, fue el primero en decapitar un pollo en el escenario) Cale viviría fielmente el prototipo del poeta maldito, el danzarín dionisíaco al borde del abismo, compitiendo en un certamen sin fin de infamia con Lou Reed, supongo, y con sus propios demonios de infancia galesa. Serán casi 15 años de rock demoníaco, visceral, pero de calidad inigualable. Vendrán, era que no, las drogas, el alcohol, la paranoia y las peleas con su banda y su esposa. Pero hacia 1989, Cale, desintoxicado, estará de vuelta con nuevas obras maestras, Words for The Dying con Brian Eno, Fragments of a Rainy Season en 1992, con el maestro solo al piano, conmoviendo y erizando los pelos en el primer disco unplugged de los ’90, el sorprendente Hobo Sapiens de 2003 con el notable Look Horizon, una extensa y celebrada seguidilla de OSTs (American Psycho interalia) y música de cámara, etc etc.
Léase su autobiografía What´s Welsh for Zen, (¡¡con portada de Dave Mc Kean!!) para más detalles, y escúchense sin dilación sus obras. Max Ernst decía que la belleza será convulsiva o no será. Cale eligió, para felicidad nuestra, lo primero.
PD 1: En una lenta tarde de invierno veo a un grupo de niños pequeños saliendo de un jardín infantil. Imagino a John Cale a mi lado, cantando ensimismado Taking my life in your Hands, esta bella canción de sus discos más notables Music for a New Society:
The children are all leaving school today Mama said, don't worry, I'll be back one day The blue men in uniform smiled and waved goodbye She was hiding those tears in her eyes
Roll up the history books, burn the chairs Set fire to anything, set fire to the air They're riding to begin and running at the end
'Cause mama said, you take your life in your hands Taking your life, your life in your hands But don't take your life in your hands like I did I don't feel so bad, and always look forward with hope Forward and hope that the children will always be there
Cancel the day, cancel the night Cancel the day, cancel the night 'Cause who could be watching when she steals and runs away
Full of hysterical laughter, and say Mama, mama, I've left school today I hope I get to see you in that funny school far away But those gentle men in blue, and those in grey
Say I'll never, never see mama again 'Cause she took those lives in her hands Yes, she took all those lives in her hands Yes, she took all those lives in her hands
But let me wonder, what was there left in those hands?
PD 2: Para coleccionistas, connoseurs y curiosos de toda calaña: En la televisión pública de internet que se llama youtube hay un par de videos del reencuentro entre Nico, Cale y Lou Reed en el Barbican, en 1972, hacen covers de viejos temas de la Velvet. Nadie se haga falsas expectativas, es apenas un registro tímido y negligente, sello de la fatal distancia entre dos genios que no pueden soportarse, y entre ambos una mujer que los observa desde ya muy lejos, atrapada en su propio paraíso lisérgico.
Hipertextografía:
(Con voz de presentador televisivo chanta)
Gracias a los milagros de blogger y youtube, con ustedes: John Cale y su célebre relectura de "Heartbreak Hotel":
Sí, sí, entiendo, se han descontinuando estas entregas, muchas cosas me han ocurrido, y claro que podría atropellarme burdamente intentando explicarlas... pero no lo haré claro, tan sólo que, como decía Juan Emar, el gran olvidado (y hastiado) Otra es mi suerte, otros mis designios. He comenzado otra etapa, volviendo a la vieja docencia, reencontrándome con los niños en las aulas, intentando (re)encantarlos con los libros, que tan ajenos les son en esta hora del simulacro, de la órbita de la hiper-irrealidad perpetua (cfr. Baudrillard, enLa transparencia del mal).
Caminando por viejos y nobles pasillos tapizados de hiedras en sus paredes, me detengo, perplejo, como siempre, del devenir que me toca. Otra vez la Poesía, amante infiel por naturaleza quiere que haya comercio entre ambos, pero no será tan profunda mi entrega esta vez. En este país suele irse con cualquier pelafustán que escribe sobre jardinería, no me interesa, prefiero que siga este matrimonio intelectual por conveniencia, mi amor verdadero está en otro lugar, sólo mi esposa, mi hija y la música saben dónde está...
Ya viene más del sonido de las esferas, fantasmal lector de virtualidades... paz y ciencia.
Mientras, busca en tus vinilos o cedés The Unanswered Question de Charles Ives, apaga las luces, abre un cabernet sauvignon y escucha con atención:
Con The Velvet Underground, dándole al bajo, nuestro músico galés favorito
Deja que haya rock
En alguna oportunidad Peter Gabriel declaró que una de las máximas atracciones que el rock le proporcionaban era sentarse al piano y gritar lo que fuera por horas. Es que en ello reside ciertamente el sentido básico del rock, música dionisíaca por excelencia, el propio sentido obsceno del término en slang negro lo evidencia, música desenfrenada, telúrica, catártica, como cualquiera puede apreciarlo yendo a un concierto, y que escandalizó en su momento y aún lo sigue haciendo al establishment que tanto vela por la moral y las buenas costumbres… mientras expolian y fornican en lo secreto.
Quizás al ser expresión física e íntima refrendada socialmente el rock tiene y tendrá una larga vida, se lo dijo en la cara Neil Young a los punks. Más aún, al ser telúrico y raspar las puertas de las emociones y deseos profundos de los hombres es perfectamente lógico hablar de música demoníaca. Pero repito que no lo uso en el sentido pudibundo de los propagandistas cristianos ni menos en la jerga impostada del pseudo rock satánico, variante de teatrillo a cargo de tipos guturales y desafinados que ni siquiera saben qué significa el nombre del arquetipo del mal y que les sirve sólo para llevar rubias a la cama. Pienso en el daimon griego y en sus ecos nietzcheanos, la energía desaforada que brota desde los sentidos impulsando al hombre hacia las fronteras de lo racional, reencontrándose con sus raices naturales… y con las otras… que quizás son las verdaderas.
Por supuesto que en manos de los gerentes y mercachifles gran parte de la música rock de hoy en día es mero placebo enlatado y con cada vez más fecha cercana de vencimiento. Es divertido escuchar bandas cada vez más jóvenes ruidosas e irresponsables en sus primeros pasos, luego devenidos en deprimidas y exhaustas pandillas de zombies, apenas pisan su primer estudio profesional y viendo toneladas de dólares a cambio de ver sus canciones enteramente maquilladas y remodeladas por algún productor hot, especies de Phil Spector con resaca. Pero hastía rápido. “A tu vida le falta rock”, farfulla una radio chilena por ahí, y como no me interesan los clones aburridos de Led Zepellin o Axel Rose vuelvo al rock de verdad… y ahí me encuentro con el adusto vozarrón torturado de John Cale.
Esperando al hombre
John Cale… ese genio galés que dio junto a Lou Reed una de las más grandes formaciones de la historia: The Velvet Underground es un referente para hablar de esa faceta telúrica, demoníaca del rock de verdad, una música que eriza la piel, violencia de lujo, artículo de primera necesidad. Espero argumentar exitosamente por qué creo que hay que buscar en John Cale y no en otros esa base “maldita” del rock.
Pianista inspirado y violista virtuoso y arriesgado, ex estudiante de un Xenakis algo ofuscado por las intenciones destructivas de su alumno, llega a la siempre enfebrecida ciudad estado de Nueva York. Prontamente se da a conocer interpretando la infame Vexations de Eric Satie, organizada por John Cage a mediados de los sesenta, esa partitura burlona que debe repetirse 840 veces logró notoriedad, enseguida Cale es invitado por Lamonte Young en el célebre conjunto que lo unió a Tony Conrad, Angus Mc Lise, The Theater of Eternal Music según la nomenclatura algo hiperbólica de Young, The Dream Syndicate según Conrad quien entablaría demandas contra el autor de The Turtle, His dreams and Journeys por la decisión de éste de ocultar las cintas de los primeros intentos de lo que hoy conocemos como minimalismo: repetición, líneas suspendidas de cuerdas senza vibrato que se prolongan por largos minutos, drones extendidos, nuevas técnicas de vocalización, búsqueda de nuevos sistemas de afinación que darán origen al interesante sistema de Just Intonation caracterizan a esta formación. Tras numerosos impasses entre Young, su esposa Miriam Zazeela por un lado y Conrad y Cale por otro, éste último toma contacto con dos personajes claves: Andy Warhol y Lou Reed. Con ellos viene el rock, el arte pop, new york y todos los fantasmas y excesos que vivir allí conlleva. Pienso que es cierto que Young es el gestor de un sonido único y un sistema que debiera dar más rendimiento estético a futuro, pero no puede desdeñar la colaboración de Cale y Conrad en sus etapas preliminares, la creación colectiva no siempre es mala.
Descendiendo a los subterráneos de terciopelo
Ignorados en su tiempo, rescatados, algo tarde, hoy, los Velvet fueron vistos como una curiosidad más del por entonces pintoresco Warhol, incluso bastante prensa creía que el gran artista pop era el guitarrista. Fue sí productor del primer disco y autor de las portadas de éste (la famosa y fálica “banana”) y del segundo disco. Creo personalmente que la música de Velvet Underground terminó siendo más actual y vital que mucho del abúlico hippismo psicodélico de la costa oeste. Cale y Reed integraron una sociedad autoral altamente meritoria y productiva, la bochornosa salida de Cale de la banda al comenzar el año 1969, fruto de la egomanía de Lou Reed (que existe y en cantidades siderales, digámoslo) acabó con lo que habría sido una gloriosa actualización de una dupla genial de compositores estilo Lennon Mc Cartney: Al brillante talento poético y a la fuerte vena rockandrollera de Reed se unía la sofisticación arreglista de Cale y su gran fuerza interpretativa en viola, bajo y teclado. Clásicos como Heroine, Venus in Furs, White Light White Heat hacen un creativo uso de la repetición y los drones, Sunday Morning, Stephanie Says , I’ll Be Your Mirror o All Tomorrow Parties son la muestra de lo que una canción pop perfecta puede dar, European Son y Sister Ray exaltan la saturación y el feedback como nueva herramienta compositiva y no como residuos de torpeza en la ejecución, como se creía hasta entonces. Claro que Hendrix también la usa, pero más bien como accesorio, el primer Velvet basó la totalidad de su estética en el ruido. Notable en este último tema es el duelo entre la guitarra de Reed y el órgano de Cale, claro comentario sonoro de lo que ocurría entre ambos alguna vez buenos amigos.
Cale ha dicho que la Velvet buscaba el caos, sus conciertos eran la prueba más ferviente de ello: Tocando a tope de volumen basándose en la repetitiva y monótona base rítmica de la batería de Moe Tucker y la guitarra de Sterling Morrison y las furiosas improvisaciones de Reed y Cale, The Velvet Underground causaron consternación, refrendada por sus ropas negras, actitud deadpan y sus letras urbanas y fuertemente provocativas (queda más que claro con la citada Venus… o con la malentendida Waiting for The Man, titulada así supongo para ocultar el explícito sentido del título) . Rock en estado puro, por tanto, pero desligándose de la veta clásica, la parte negra, logrando crear una versión íntegramente blanca por vez primera, siempre sensual, siempre intenso, mas dejando un lado el blues y el soul y buscando un trance descreído e irónico, buscando abrir las puertas del subconsciente, no a través del letargo de los trips lisérgicoscalifornianos sino del drama suburbano de una generación que tuvo que liárselas en serio con el mundo real cerca cada vez más de debacles financieras y crisis energéticas. The Velvet Underground revelaba la pulsión del deseo furioso, reprimido por una civilización pulcra y ordenada refugiada en concreto y racionalidad económica, cobardemente transada en narcotráfico y sexo pagado. Así, a diferencia del hippismo The Velvet no evitó sino que reveló y encaró atronadoramente esa evidencia. Rock no sólo era amor también odio. No es raro que todos los punks los aclamaran como padres fundadores (junto a MC5 y The Stooges, producidos por Cale, aclaremos) No fueron bien recibidos en los años de paz y amor, el verano del amor no tenía espacio para estos tipos tan perturbadores de la ilusión del flower power.
Cale es expulsado por Reed como dijimos a comienzos de 1969 y éste se lleva, creo yo, los mejores ingredientes del sonido de The Velvet Underground. Pese a que Reed logra firmar gemas como Pale Blue Eyes o Beginning To See The Light, falta en los discos posteriores la crudeza y el vanguardismo que indudablemente eran parte del sello de Cale.
La iglesia de dos miembros
Pronto éste obtendrá un contrato discográfico y lanzará tres discos iniciales que provocarán el desconcierto de sus fans, actitud fomentada por un Cale siempre renuente a transar y convertir su arte en fanfarronadas de crowdpleaser (qué buen término gringo). Vintage Violence , notable metáfora, por lo demás, trae el country rock y bellas baladas en un Cale que se niega a reeditar el sonido de la Velvet, The Academy in Peril contiene composiciones de música docta de Cale, - sospecho que las tenía guardadas desde hace tiempo- y luego se une a Terry Riley (sí señor, el mismo) para grabar el histórico e ignorado Church of Anthrax. En el track del mismo nombre reaparece por primera vez el bajo reverberado que Cale usaba con la Velvet, pero al servicio de las escalas cíclicas y múltiples de Riley. El resultado es un disco que media entre el jazz modal de Ides of March, con Cale en la batería (!) y una particular híbrido entre romanticismo tardío y minimalismo, especialmente en la bella The Hall of Mirrors in the Palace at Versalles, las sutiles líneas cíclicas del saxo soprano de Riley alternan sabiamente con un piano liederístico que Cale ejecuta pasionalmente como pocos. The Soul of Patrick Lee es la discreta canción que cierra el álbum pero que anticipa la notable trilogía que Cale grabará para Island Records: Paris 1919, Fear y Slow Dazzle, donde tendremos la radiografía más profunda de este gran artista que los medios insisten flojamente en soslayar.
Continuará…
Bonus track estilo "joya", Sunday Morning, cortesía-de-Youtube:
Acabo de regresar de una curativa estadía en la costa, me hacía falta creo para acabar de exorcizar un par de demonios que erraban por mis tierras. Escribe Jung que son los dioses y demonios los que quieren convertirse en hombres y no al revés y no es bueno que lo logren… Supongo que eso explica la existencia de santos y poseídos, de delincuentes y modelos parlanchinas de televisión…Ciertamente no es fácil salvaguardar la individuación de cada hombre, yo lucho a veces cruentamente por mantener la mía. Necesito mirar el mar al atardecer algunas horas, al menos una vez al año y creo que eso en verdad me ayuda en este a veces brutal proceso.
Como si el mar estuviera cerca, se siente una exaltación en la sangre, dice Borges bellamente, adhiero a ello y por ello busco el mar como lugar de retiro estival. El bautismo de sus aguas frías e intensas, la visio beatifica de los rayos de sol amonedándose en las ondulantes corrientes azules, la lontananza libre y su desoladora libertad te invitan a amar el mar para siempre y también respetarlo a quieta distancia. Sus olas amistosas pueden llevarse a cualquiera cuando lo deseen, para mí es la mejor metáfora del Pleroma que pueda existir. Basta la proximidad de su aire para que todo lo olvide y sonría…
Tengo ritos marítimos a los que soy fiel. Mis prácticas paganas, mitología individual que le llaman, incluyen pararse en la roca más alta frente al mar y audicionar la música apropiada en la hora justa del día. Así, mientras viajo por la carretera rodeada de cerros y bosques voy escuchando Lost and Found de Fred Frith y me siento como en Step Across The Border, (road movie más que recomendable, jefe), esa gentil melodía de violín con aires eurasiáticos se te pega en la mente por semanas; ya entrevisto el océano, aparece automáticamente en mi cabeza el juguetón solo de órgano Riviera de Robert Wyatt en A Last Straw, sí, la misma de Rock Bottom (jubilosa y caóticamente comentado en una entrega anterior, busque en los archivos, busque) y cuando el track termina con esa guitarra ondulante no quieres sino arrojarte a las olas de puro contento.
A todo esto añado varias canciones de Cocteau Twins una vez que logro sentarme entre las rocas a contemplar el océano, podría estar horas, extático. Pero como ya hable largamente de Rock Bottom y de por qué creo que los Cocteau son sublimes quiero comentar ahora tres discos océanicos imprescindibles que usted buen hombre debiera procurarse:
1) Budd-Raymonde-Guthrie-Fraser: The Moon and The Melodies Ok, estoy haciendo trampa, pero vamos, qué escritor no lo hace, véase al malandrín de Dan Brown como ejemplo, pero la verdad es que los Cocteau decidieron firmar esta colaboración con Harold Budd sólo con sus apellidos entiendo que para que sus fans no confundieran este trabajo con el corpus que ellos hacían como banda en aquel tiempo , lo que no se entiende muy bien porque este disco encaja perfectamente entre los epes de 1985 yla obra maestra Victorialand del ‘86. Harold Budd es un extraordinario pianista estadounidense de la escuela minimalista de Riley y Young. Grabó con Brian Eno y Daniel Lanois el delicado y también océanico The Pearl y también ha trabajado con Hector Zazou. Generalmente graba solo y sus mesmerizantes arpegios en piano eléctrico son toda una marca registrada, la que ha sido catalogada dentro de la corriente minimalista como beautiful music. Este trabajo quizás pueda crear expectativas exageradas y en ocasiones parece que una cara fuera enteramente Budd y otra Cocteau Twins, pero los resultados son eficaces. Temas como Sea swallow me, (por favor no den ideas) o She will destroy you (por favor, insisto) reexponen la tersura de su enfoque pop característico mientras que la alucinante Memory Gongs y Why do you love me traen la belleza de la improvisación de Budd acompañado de la guitarra de Guthrie, el pianista describe figuras repetitivas en constante modulación circular, acentuando la facultad evocadora de su sonido, en el segundo la guitarra de Guthrie modula notas pedal acompañada de las cadencias de Budd. Me fascina Memory Gongs y juro que veo formas hiperdimensionales en el mar cuando escucho este tema cerca del oleaje.
2) Camberwell Now: All’s well: Para mí, la sorpresa del mes, me costó obtenerlo bastante así que lo llevé a la playa para audicionarlo al sol y me cautivó casi de inmediato. Los seguidores de This Heat quizás les parezca que esta es una continuación de Deceit (el mejor disco post punk de la historia) o una “suavización” del sonido industrial de esta gran desconocida banda. En verdad Camberwell Now es el proyecto subsecuente de Charles Hayward, baterista, cantante y compositor que además ha tocado en el super grupo Quiet Sun, en Hat Shoes con Amy Denio y Tom Cora y en la encarnación más reciente de Massacre con Fred Frith y Bill Laswell. En la entrevista que dio a Andrew King en el imprescindible Plunderphonics, Pataphysics and Pop Mechanics Hayward califica a esta música de “fuertemente atada conceptualmente”. Las características esenciales de esta banda de –infortunadamente- corta vida son letras de fuerte contenido político, bases pop con fuerte presencia de la batería, loops, drones y cintas gatillados desde el increíble switchboard, especie de pre sampler que conectaba un teclado a diferentes reproductores de cintas a cargo del ingeniero Steven Richard y el bajo granuloso de Trefor Goronwy que aparece a veces paneado creando interesantes texturas que contribuyen al efecto de trance al cual Hayward es tan afecto. Este disco en especial compila los esfuerzos de la banda en dos epés y un solo largaduración. La primera parte, correspondiente al EP Meridians, evoca al imperialismo británico y su decadencia (como enFor those in peril on the sea), que parece haber sido grabada bajo las aguas por los ahogados, naves a vela y viajes donde se ignoran las culturas con las que se negociará(Cutty Sark), buscadores de perla que por nula recompensa entregan estas costosas joyas que adornarán collares de mujeres en el viejo mundo, como en la bella e inolvidable Pearl Divers que parece haber sido grabada en lo profundo de aguas índigo. Resplash nos traslada a la visión de navegaciones bajo arduos días de sol, mientras que la segunda parte, en la que destacan The Ghost Trade y sus darmáticas ralentizaciones y la resemblanza étnica de Wheat Figures nos inundan de drama y emoción en medio de la alienación y comodidad de la violenta urbe. Voces grabadas de la tele, cambios de ritmo, electricidad saturada y texturas suspendidas provocan crisis y crítica en la mente, que serán continuadas por Hayward en sus notables álbumes solistas Skew Whiff, Switch on War y el íntimo Survive the Gesture, en este último, creo a través de la inolvidable Australia. Trip con alto contenido. Excelente.
3) Gavin Bryars: The Sinking of The Titanic. Lo recomendaron bastante algunos amigos y críticos entusiastas. Dado el boom de la sobrevalorada películasobre el malogrado trasatlántico opté por sepultar, literalmente , la idea. Había leído acerca de Bryars y revisado algunas de sus partituras. Me pareció en un principio uno de esos provocadores chantas de Fluxus, pero al leer la entrevista que Derek Bailey le hizo en su clásico libro Improvisation descubrí a un músico inteligente y articulado. Luego escuché The Sinking y su suave y descendente decurso me dejó extático. Aquí hay un maestro de los de verdad. El entramado conceptual que rige la obra, de partitura sorprendentemente abierta pretende registrar un hecho real: Durante el hundimiento del barco, el conjunto de músicos abordo opta por seguir tocando mientras se hunden. Ejecutan un himno presbiteriano, Autumn y no se detienen hasta su trágico final. Nadie piense aquí que esto es mera música programática o BSO imaginaria, no, la fantasía de Bryars lo lleva a concebir que los músicos siguen tocando mientras se siguen hundiendo en lo profundo del mar, para ello aunque la melodía se repite en las delicadas cuerdas en legato, una y otra vez en la hora y más de duración, las sonoridades orquestales se van enriqueciendo en densidad y profundidad; todo ello más la presencia de voces angelicales de niños entonando un amén que te pone los pelos de punta, pesados bronces llevando el bajo a subfrecuencias abisales, notas de blocs chinos reproduciendo el código morse de la llamada de auxilio del barco al momento del desastre, un lúdico clarinete bajo que parece un pez cimbreándose configuran la embriagadora atmósfera propia de toda obra maestra. Historia e imaginación iluminan un estado, una sensación, una voluntad, imposible no llenarse de lágrimas ante cada audición.
Y bien amigos, esos fueron nuestros éxitos del verano, ja. Entiendo que ni siquiera he transmitido un fragmento de mis emociones cada vez que oigo estas obras. Pero he dejado huellas al menos. Con el verdadero arte algo ocurre, no eres el mismo, aprendes de ti, y bajo el nítido oleaje, el sol amonedado, las aguas mesméricas, el Todo te sorprende, después de eso, que quiero que todo este 2007 sea posible. Dictum.
El calor deseca estos días, curioso, clamamos por él al promediar una de las primaveras más extrañas que recordemos por lo fría y lluviosa y luego, cuando finalmente el verano está aquí, oigo reclamos destemplados de cómo quema el sol, que la capa de ozono, los rayos ultravioletas, el sudor podrido de los demás, etc etc. Yo no les hago caso. Todos cambiamos nos guste o no y yo, tan afecto a mis costumbres como el inglés que no soy o el adulto cuarentón hacia el cual me encamino, también he cambiado. El invierno, la estación de los muertos, era mi parada favorita del tren desaforado o taimado según el año y sus avatares bajo las casas occidentales o chinas. Como pocos, veneraba fervoroso el cielo envuelto en nubes, las lluvias y el frío, pero cuando eran parte natural del paisaje; incluso tenía la libresca fantasía de radicarme en Finlandia, llegué a agenciarme un diccionario de la ardua y única lengua suomi y hasta llamar a la embajada, ¿por qué? No tengo vínculo alguno con la bella tierra de los mil lagos y bosques, se me diría que basta el sur de Chile y su magia indeleble de volcanes alucinantes, bosques milenarios de alerce y lagos azules para que un alma crepuscular y con excesiva pulsión tanática como la mía en aquel tiempo pasase lo que estimaba sus últimos días; supongo que no querer ser más el que soy, como en el cuento de Papini, supongo que mi obsesiva búsqueda de la alteridad. Ya no sé. Jamás quise ser como esos góticos, chicos tan bien intencionados y tiernos detrás de su ropa negra de encajes y caras maquilladas con crema y labios pintados con el carmín robado a la mamá, que suspiran por vampiros hiperbóreos mientras se acarician entre ellos como bebés recién nacidos. Lo divertido es que su movimiento nació en San Francisco, tierra multicolor y asoleada. La alteridad otra vez, ¿ven lo que les digo?
Yo huyo como del diablo en el que no creo, la caricatura occidental al menos, de todas esas tribus y ghettos urbanos, pese a haber visitado a algunos, porque cambié, elegí la celosa independencia de mi espíritu, la libertad, como todo en la vida, pagué un precio y hay algunas puertas que otros sueñan con atravesar que están cerradas para mí por la eternidad pero eso ya no tiene ninguna importancia. Es verano, es el último día del año y escribo estas líneas de electricidad y memoria para no olvidarme que odio los balances y promesas. El tiempo de los hombres pasa y el débil cuerpo algo pierde. Pero es verano, la estación de las cosechas y del mediodía, pronto cerraré una nueva puerta, la de una casona gris y envejecida pese a parecer tan nueva ante los demás. Pero aún hay sol y luz y viento a mi alrededor. Hace unos minutos estuve nadando en aguas azules, me gusta el lavado del agua, como los mandeos lo entienden, y me alegra que haga mucho calor y que el viento augure una maravillosa tarde estival. En verdad sonrío...
Caminaré, entonces silbando mi canción favorita, que no tiene letra, y que no te la diré desocupado lector, que te enfurece saber que estoy burlando mis propias reglas cuando abrí este blog... nada importa, se va este año y algo de esta estólida vida material, pero eso hace quien escribe, nunca sabes cuando te dará las risas de la comedia o las lágrimas de la tragedia... vaya ¿a Quien sabe Quien se parece?
En el comunicado de prensa con el que Henry Cow anunció su disolución en 1978 aparece una afirmación interesante, “Nadie que pretenda comunicarse puede escapar de las consecuencias del uso del lenguaje que adopta”. Esta idea es estupenda para refrendar la discusión que propuse en mi último artículo (ver) pero a la vez pone de manifiesto el ethos musical de uno de los miembros de esta banda, me arrepiento de agregar “uno de los más importantes”, porque estimo que la totalidad de sus integrantes (los de su etapa clásica (1973-1979)) lo es. Dicho lapsus linguae es en si mismo una evidencia de lo que quiero decir ahora, porque Fred Frith es uno de mis héroes musicales y destacar la importancia que tiene su música a nivel personal y a nivel universal no podrá evitar frecuentes cruces entre una y otra cara de la moneda que quiero lanzar al aire ahora. Creo que someter estos pensamientos a un esquema biográfico del autor o reseñar sus trabajos más importantes es algo demasiado fácil, y también conspira con hacer de este blog algo excesivamente aislacionista, lo que no es mala idea, pero ya que comunicar todavía importa, teclado a la obra…
La música de Fred Frith, multinstrumentista británico nacido en 1940, es una experiencia sorprendente y fuertemente cuestionadora de nuestros hábitos de audición, excesivamente domesticados por la comodidad de los medios masivos de comunicación y sus escenas hechas a dedo por los “genios” del marketing. Hablar de hábitos no es casual, las razones por las cuales escuchamos música son tan heterogéneas como convencionales, porque el ritmo es cadencioso y alegre pese a la imbecilidad de quienes componen estos temas (reggeaton) o bien por recuerdos juveniles, postales de un pasado que parece ser ilusioriamente mejor que el elusivo hoy, encuentros amorosos ansiosos e incompletos, crueles y diversos rituales de iniciación juvenil, etc (cualquier canción que entre en el subgénero “de fogata”, o de malas fiestas llenas de espinillas, etc.) Dado que la prensa y los medios consagran estas últimas obsesiones de la recepción, poco es el espacio que resta para la apreciación de la música en sí misma, incluso ante la evolución que ésta haya adoptado.
No son pocos los estudiosos que se han preguntado por qué el público general casi cien años después de la aparición de las primeras obras atonales aún rechaza esta música por ruidosa, sin melodía, etc. Cuando se expone a las personas a obras como las de Schoenberg, por ejemplo, cunde la ofuscación de la mayoría. Ello sin embargo sorprende cuando los mismos músicos tienden a rechazar cualquier escala que no sea una mayor menor o una de blues, o como ejemplo de lo exacerbado, en artistas tan sobrevalorados como Aphex Twin, cuando en un artículo de The Wire se le invita a oir Kontakte, éste coleccionista de tanques no haya nada mejor que decir “no me gusta esta canción (sic) le falta una base de bajo y batería” ¿qué pastillas de estupidez tomó el autor de Selected Ambient Works antes de la entrevista? No sé, pero presiento que ni los mismos músicos saben qué pasa y contribuyen a fomentar malos hábitos en el auditor. Entiendo que la tonalidad no es un proceso reciente en la historia de la música y tomó años en desarrollarse, abolirlo no es fácil, el paso de la polifonía renacentista a la monofonía clásica menos. Tampoco ello es argumento para demoler la atonalidad como un cielo de nubes negras antes de un amanecer como ha dicho, extrañamente, Ligeti ni menos usar la noción de “experimental” con un tono despectivo, que implica mero ensayo, accidente o amateurismo. Simplemente si las personas que frecuentan la cultura pueden asimilar cuadros de Miró o Kandinsky, ¿qué les impide aproximarse a una pieza de Morton Feldman, de canto khoomi, de Etron Fou Leloublan? Quizás los hábitos visuales son más mutables que los auditivos, pero también quizás hay toda una industria que condiciona la mente de sus consumidores para evitar que visiten el camino estrecho. Supongo que por ahí va el problema, basta leer File Under Popular, el excelente libro de Chris Cutler al respecto. Es cómodo escuchar tonteras, es fácil, está bien...
Pasos a través del borde
Fred Frith es, por tanto, un arquetipo de una música subversiva, peligrosa, ¿y por qué? ¿Porque contiene mensajes secretos en backmasking (buuuuuuuuuu, el diaaablo) ¿Por qué escupe virulencia contra las instituciones como el punk, género hoy tan comercial como el pop juvenil tipo High School Musical? No, es algo mejor que eso, felizmente. John Cage ha dicho sabiamente -y con esto dejo más que claro que no soy anticagiano- que no es la revolución la que necesita al arte sino que el arte es el que necesita una revolución. La música de Frith tiene esa rara virtud de separar caminos pero derivándose armónicamente de ellos. Ha sido calificada de experimental y de vanguardia. Frith trasciende estos términos victoriosamente. Categorizar es una obsesión académica y periodística que se convierte de pronto en postulación de la realidad. El argumento de esto se basa en que muchas veces Frith desborda la noción tradicional de “tocar” la guitarra, puede vérsele en muchas ocasiones usando una eléctrica Gibson E5 preparada, a la manera del piano homónimo de Cage. Los trastes han sido amplificados, sucitando la audición de escalas de armónicos “en sentido equivocado” como él mismo señala, además hace tapping con las manos, introduce objetos como cables, o lana entre las cuerdas o percute el puente con baquetas o palillos chinos, todo ello filtrado a través de un sistema dual de parlantes y un juego de pedales en los que se destaca el particular uso que hace el maestro de los pedales de volumen y el overdrive. No es casual, como señala su gran amigo Ferdindand Richard que el mismísimo Miles Davis estaba interesado en Fred Frith como percusionista. Es que Frith discute el rol tradicional de la guitarra entendida socioculturalmente como instrumento armónico o en el caso del rock cantante para darle nuevas dimensiones, como el enriquecimiento de su rol rítmico, habitualmente relegado al mero rasgueo. Escúchese el brillante Guitar Solos, del maestro, disco calificado por la escrupulosa revista Guitar Player como “la física cuántica de la guitarra”, donde Frith explora toda clase de sonoridades, más cerca del piano preparado de Cage y de AMM que de tus habituales y lateros Clapton o Satriani, la guitarra adquiere un nuevo discurso, un nuevo reino oculto en su espectro de sonidos, ahora más amplio, más rico.
Fred Frith compone con un criterio ecléctico, que incluye el formato de la canción popular con técnicas compositivas aleatorias como las de la trinidad Cage, Feldman y Wolf, una de las cuales es el uso de medios gráficos como las fotografías que él mismo toma (es también un artista muy sensible con la cámara), de cuyas estructuras y superficies extrae ideas musicales, (así lo hace brillantemente en Stone, Brick, Glass, Wood, Wire )junto con las célebres Estrategias oblicuas, set de cartas producidas por Brian Eno que le permiten tomar decisiones cuando Frith trabaja con otro instrumento que domina a la perfección, el estudio de grabación. Pero también una de las tareas predilectas de Frith es la improvisación. Dentro de la escuela de Derek Bailey, Keith Rowe, Sonny Sharrock y Lou Reed, Frith improvisa con técnicas extendidas derivadas de estos autores y otras muy propias desarrolladas durante décadas, hoy por hoy plenamente insertas dentro de su gramática personal, ello, por tanto, no es experimento, por tanto, sino lenguaje propio, pero no busca las confortables escenas conventuales de las academias donde todos se aplauden cínicamente a sí mismos. Frith hoy por hoy, ha sido reconocido y enseña en el célebre Mills College, pero sigue siendo un músico que elige transitar por las calles y oírlas. Pero al oírlas, más aún, creo que quiere escucharse a sí mismo oyendo...
Fiesta instantánea
En el notable filme Step Across The Border, magistral documental sobre el autor y las diversas perspectivas en que puede ser abordado un sujeto con una cámara, señala Frith que el objetivo que él alcanza es análogo a los músicos de blues, busca hacer que la guitarra hable, o sea, encontrar una voz propia a través del instrumento de seis cuerdas. Pero estimo que el maestro va más allá. Gran parte de la música del autor es analizar las consecuencias de dicho lenguaje, su música es por lo tanto multidimensional, cubista, dialéctica. En su discurso, Firth integra la canción pop, el folklore balcánico, la improvisación libre, los sonidos cotidianos del medio ambiente, la música docta contemporánea a veces simultáneamente, conflictivamente. Un complejo diálogo de culturas que rompe la semántica habitual del formato standard de un tema para introducir interpolaciones, comentarios, repeticiones, marginalia aparentemente inconexa, explosiones de distorsión y armónicos, citas humorísticas, melodías sencillas y altamente memorables, etc. Generalmente las obras de Frith tienen como base un entramado de patrones rítmicos irregulares, armonías cromáticas o extraídas como dije del folklore centroeuropeo, en torno a las cuales giran caranavalescamente efectos, ruidos y voces varias, breves solos de guitarra extendidos u oleadas de instrumentos diversos, varios de los cuales los toca el mismo Frith, todo ello guiado por melodías divertidas y memorables (sí, buen hombre, la vanguardia también la hace gente divertida) que arrancan más de una risa al auditorio y pueden cantarse durante días.
La libertad es tus amigos
Así ocurre por ejemplo en la impecable trilogía de álbumes que el maestro grabó para Ralph Records, el sello que The Residents tenían en los ochentas, Gravity, con su folklore rural inserto en la confusión urbana, grabado junto a Sammla Mammas Manna en su cara A y junto a The Muffins en la B, Speechless, el que estimo uno de sus mejores trabajos, junto a Etron Fou Leloublan y Massacre, que perfecciona esta confusión en la ciudad como una metáfora de la incapacidad de comunicarse, véase uno de los temas más extraordinarios del autor, Laughing Matter; y Cheap at Half a Price, su polémico disco de canciones, que no viene sino a refrendar el interés que tiene el maestro por este misteriosamente inmortal formato sonoro ya desde su brillante trabajo en Art Bears junto sus ex partners de Henry Cow Chris Cutler y Dagmar Krause, y luego de manera jubilosa e insolente en el mordaz comentario político de Skeleton Crew, junto a Zeena Parkins y el tristemente desaparecido Tom Cora. A mí me gusta el Frith cantante, desaforado, apasionado, clownesco, (vamos, ¿quien no ríe a gritos con True Love o Its’ fine?)
Pero Frith abarca aún más terreno en su noble feudo, siempre en crecimiento, como un nuevo imperio de los sentidos. Frith, como buen egresado de la escuela de Henry Cow, buscará en el trabajo colectivo, inspiración y alimento para su arte. El maestro es frondosamente modesto a la hora de reconocer a todos aquellos que han trabajado con él y han contribuido a perfeccionar su arte. Particularmente ello es visualizable en sus trabajos improvisatorios con una larga lista de genios que pueden constituir el who is who de la mejor música de hoy: John Zorn especialmente en el “Taller de Composición“ Naked City y la obra maestra de todos los tiempos Art of Memory, dueto en el que se homenajea a su vez al célebre tándem Derek Bailey-Evan Parker, notable es su colaboración con Bill Laswell, el bajista y productor con el cual formó el potente power trio Massacre, el mejor desde King Crimson junto a Fred Maher y luego, mejor aún, con Charles Hayward, mención aparte para su colaboración con el glosolálico genio vocal David Moss y su Dense Band, además de sus duetos de antología con su camarada de toda la vida Chris Cutler, con Henry Kaiser, Rene Lussier, Jean Pierre Drouet, Peter Kowald, la increíble Evelyn Glennie y un largo, largo etc. Como el mismo Frith lo señala en uno de sus temas, queda más que claro que la libertad es tus amigos...
Finalmente no puede dejar de destacarse su impecable música para películas de las cuales ejemplos destacados son Eye to Ear,The Top of His Head y la premiada Rivers and Tides. Ballets como Allies y su más reciente veta “docta”, en obras de cámara como Traffic Continues, obra maestra junto al Ensemble Modern, el trabajo más arriesgado emprendido por esta maravillosa agrupación, algo admitido por ellos mismos, aún más que su trabajo con Mauricio Kagel o con Frank Zappa, especialmente por el alto grado de improvisación que Frith le demanda al conjunto en su totalidad. En ésta y otras obras como la ya mencionada Stone, Brick, Glass, Wood, Wire, junto con Pacifica, The Previous Evening además de Lelekovice, su primer cuarteto de cuerdas (no olvidar que Frith es un magnífico violinista, véanlo en acción en Step Across the Border) , o su trabajo con el celebrado Fred Frith Guitar Quartet, obras en las que el maestro ocupa técnicas como la alternancia aleatoria de bloques precompuestos -muchos de ellos alterados en el estudio como en The Technology of Tears donde fusiona edición analógica con cintas recortadas a mano y edición digital- y la “extracción melódica” definida por el autor como la proyección de una melodía en diversos grados de dinámica y articulación, de tal manera que aunque no lo parezca, todo el tiempo ocurre el mismo evento sonoro. Como siempre intervienen, no obstante, citas de otras músicas, samplers y giros humorísticos.
Siempre el mismo hombre, canta Frith, cuestionado desde sí mismo, hacia fuera, no recluida en preconceptos, viva y pluriforme a través de las vibraciones y cómo estas (de)construyen la conciencia, proyectando críticamente la imagen que los otros tienen de ti y tú mismo contribuyes a fomentar. Al igual que la Ventana de Johari, la música de Fred Frith devela las diversas dimensiones del yo, a través del jocoso y profundo continuum de su maravillosa música.
Famosas últimas palabras
Lamento lo apretado de este comentario, tantos son sus discos, tantas sus colaboraciones y proyectos que no cabe duda que Frith amerita un libro completo, por su humanidad, generosidad, humildad y talento que sobrepasa el estupor del auditor cuando toma contacto con su único sonido. A mí me ocurrió una noche de 1996, en una triste semana en la que planeaba acabar con mi vida, de pronto sin sentido, de pronto sin magia. Entré a un concierto de Frith y Cutler en el Centro de Extensión de la Universidad Católica, escuché ese increíble diálogo de guitarra y batería, vi las increíbles variaciones en un discurso que no parecía de este mundo, todo lo que hacían era asombro, era inquietud y planteamiento, viví la música y al instante todo cambió. Quizás nunca lea esta torpe glosa Mr. Frith, pero quiero que sepa que ese día usted y Chris Cutler salvaron mi vida y le dieron un nuevo comienzo. Que se burlen los otros, sé que usted elegirá siempre la verdad íntima detrás de las cosas.
Libertad, qué palabra tan común, qué palabra predecible... qué extraña suena cuando se pronuncia en silencio, a solas completamente, a oscuras o en penumbras cuando mejor se piensa, y entonces, cuando se deletrea poco a poco, qué dulce se vuelve, se eriza la piel, te escuchas acezando, un acto de fe solitario, la emancipación y otras puertas que se abren son de repente posibles... Entonces viene el miedo, el miedo que ríe, emergiendo lentamente desde las galerías cerradas por Quien sabe Quien y de pronto cambia el sabor en la boca y la libertad, esa palabra extraña, dulce, que es solo para ti, parece terrible, quizás muerda, quizás duelan sus colmillos, quizás qué mal irreparable voy a contraer con su ataque, y retrocedemos, encendemos las luces, buscamos un techo reconocible, encendemos algún aparato electrónico que nos llene los oídos de seguros lugares comunes o digitamos números amables en el teléfono. El Miedo que ríe ha triunfado, el aliado fiel de Quien sabe Quien (llámalo Dios, llámalo Padre, llámalo Pobreza, llámalo Demonio, Ello o Gehenna) te ha hecho volver a la celda que llamas la vida sencilla y humilde del ciudadano asalariado de este mundo. No pienses más en la libertad, o vendremos a tu casa cualquier día de éstos. Te estamos vigilando. Ahora toma las pastillas para la depresión que te recetó el buen doctor, nunca está de más acompañarla con el licor del que somos dueños, mientras más mejor.
Hace dos días falleció Pinochet, un avatar más del arquetipo del miedo que ríe, el carcelero de la libertad del espíritu. Yo sufrí bajo él y sus disfraces de guerra, miseria, orden y patria. Otros lo disfrutaron y le son devotos. Bien por ellos. Pero su cuerpo hoy es presa de llamas por miedo –sí, también tiene miedo- pero su espíritu sabe y tiembla también, porque en sus propios corredores le esperan avanzando suavemente las caras severas de todas sus víctimas.
Hoy soy libre y feliz, no es fácil serlo, no es fácil continuar siéndolo, no es fácil estar verdaderamente a solas, porque te pueden corromper, te puedes olvidar, como canta un trágico ruiseñor, pero Ella, la libertad siempre está, ahí, cuando la música brilla, cuando mi hija sonríe, cuando mi esposa me abraza, cuando apago la luz y ya no soy uno con ningún mundo que sea éste.
PD: ¿Una canción? Wallflower, de Peter Gabriel, claro. ..
Al examinar algunos comentarios gnósticos sobre religiones de la India, me encontré con esta interesante declaración que aparece en los Vedas:
En el principio era el sonido Y el sonido habitaba en Dios Y el sonido era Dios
Las analogías con el primer capítulo del Evangelio según San Juan no dejan de motivar el asombro, pero esta afinidad entre sonido y divinidad genera sin duda varias inquietudes. Algunas de ellas las pretendo bosquejar en esta oportunidad.
¿Cuándo y cómo el sonido se transforma en significante? ¿Cuándo se transforma luego en símbolo, arte y alegoría? El Boulez más reciente busca respuestas al hablar de universales en la música al igual que los universales lingüísticos. Las distintas músicas étnicas y religiosas la proponen indisolublemente ligada al rito, a la expresión comunitaria del diálogo con lo trascendente, en la cual el músico -y su hijo pródigo, el poeta- son instrumentos de la voluntad y acción divina, llámese musa por el griego o duende por el gitano, esto es, una entidad espiritual que lo utiliza como vía de canalización de una videncia o experiencia hacia sí mismo y la comunidad. La música, aunque ligada al texto por vía precisamente del canto, el hechizo, sugiere la captación del sentir o pensar de los dioses, la representación inconsciente del cosmos y sus fuerzas. ¿No es acaso esa la intención del libro sagrado de los lamas tibetanos, el Bardo Thodol, que traducido eso Liberación por medio de la audición? Escucharlo a través del increíble cántico con sobretonos de los monjes del Monsterio Gyuto sin duda deleita, enseña y mueve. (Se piensa que la lectura en voz alta del Corán en su original árabe provocaría efectos parecidos)
Ello puede ser un proceso cognoscitivo tan radical que el lenguaje verbal se vuelve incapaz ya de representarlo. La glosolalia que brota espontáneamente en ciertos eventos religiosos como muestra de éxtasis es una prueba de ello... pero no las vibraciones que surgen de la tesitura de los instrumentos que la revelan ante los hombres. Es lo que Sun Ra, aquel profeta moderno ignorado por las masas ciegas por la comodidad del consumo postuló cómo las vibraciones de sabiduría, de belleza, de poder que surgen de los íconos de las más pretéritas culturas y sus sonidos anidados en el lago del olvido. Véase al respecto la magnífica cinta A Joyful Noise dedicada al Maestro y su maravillosa Arkestra.
Algunos, como Stravinsky han negado la capacidad de significado de la música, para estos autores, cualquier ideología que sugiera la música atenta contra su comprensión formal, por ello deliberadamente luchan por vaciar de significado una partitura, desconociendo la gramática eventual que los sonidos suponen al integrar una estructura musical. Tal como asevera John Dack, incluso en una obra tan aparentemente “formalista” o abstracta como Kontakte de Stockhausen es posible detectar y reconstruir una narratividad, por más aparentemente lejano que esté el propósito del autor de hacer música programática, lo cual es cierto, pero lo que se pone de manifiesto es que no puede librarse una obra musical de una reminiscencia de sentido, de una macroestructura que genera al auditor la posibilidad de suscitar en su conciencia imágenes o ideas (términos más que afines etimológicamente) de manera casi inagotable. Es lo que con franqueza espera el mismo Mauricio Kagel en una obra como MM51, especie de de metabanda sonora vacía de un film de terror hecha en base a citas y clichés propios de este género de cine, esta pequeña pieza persigue que el espectador “a partir de elementos dramáticos de origen dispar, se construye él mismo una representación nueva y original, aunque privada, secreta” (extraigo la cita de la vibrante apología kageliana escrita por LlaurenÇ Barber, ese otro gran outsider). La inocencia del argumento de Stravinsky y del de muchos críticos exclusivamente formalistas queda rápidamente demostrada, más aún si se persevera en trabajos dentro de esta noción de música como gramática per se de símbolos, como la de The Residents (la música como sistema intercambiable de citas degradadas por la cultura de masas), Frank Zappa (en particular su concepto de películas para los oídos), John Zorn (la música y las músicas como un continuum de historia social y cultural) y un largo etc.
Desde otra perspectiva, el Stockhausen postserialista también se involucrará en el “ritual de la vibración” ya desde sus primeras obras para piano pero con fuerzas singular en especial desde Aus den Sieben Tagen en adelante. Estas últimas piezas, enteramente improvisadas, las concibe Stockhausen como la utilización de cada intérpete como un receptor de radio a manipular para captar las vibraciones del universo. Claramente recrea el maestro alemán, ese posmoderno Wagner, desde esa obra hasta sus últimas obras, el ciclo Licht y el nuevo, Klang, la noción de música como ritual de la vibración que es revelación, que es poder, que es sanación o al menos esperanza. Tal como lo hizo Giacinto Scelsi, (mal llamado el "Charles Ives italiano"), que concibió una música alucinante en las que predomina un sonido o al menos la sumatoria de un sonido y sus sobretonos, en un devenir espectral que sobrepasa la tesitura tradicional de la orquesta llevándola a nuevas posibilidades de timbre y registro y seduciendo al auditor con la poderosa evocación de otros tiempos y otros lugares. Los títulos de algunas de sus composiciones lo reflejan: Pfhat, Maknongan, Hurqalia, historia de amor en una tierra lejana (se refiere al paraíso sufí, me sorprende que ningún comentador lo haya notado), Uaxacatum, etc. Fama es que Scelsi, víctima de una profunda depresión que casi lo llevó a la locura al sufrir el abandono de su familia pasaba largas horas tocando una sola nota en el piano. De pronto, al reiterar este ejercicio algo descubrió en esas vibraciones, su vida cambió y encontró salud (o salvación, otra afinidad) en esos sonidos: Aquello que los espectralistas denomina la vida interior del sonido, pero no lo redimió una dudosa musicoterapia, sino el fragor poderoso del cosmos y su mágica familiaridad latiendo en esas poderosas, hermosas, terribles vibraciones de belleza, de poder, de sabiduría.